A vueltas con la estrategia

Podemos ha puesto un espejo en las bambalinas de los partidos políticos y, desde su inicio, ha hablado en términos de táctica electoral. Ellos no han inventado la estrategia política pero sí la han hecho evidente. El problema ahora es que, cada cambio en sus directrices es visible a los ojos de todos y, por lo tanto, la formación puede ser vista como un partido frívolo, poco firme en sus principios. O peor, con unos principios y valores moldeables según convenga para la táctica electoral.

Todos los partidos políticos tienen estrategas y estrategia. La mayoría redacta un argumentario con la versión oficial ante las cuestiones de mayor actualidad o en las que interesa especialmente un marcaje político: lo vemos en los totales de los telediarios, en los que los diferentes barones corroboran —con distintas palabras— la misma idea clave. Esto no tiene por qué ser malo: en todos los partidos hay un extremista o alguien que siempre mete la pata. Recordemos, por ejemplo, los ‘gloriosos’ comentarios racistas y misóginos de Miguel Arias Cañete (en la campaña a las generales de 2008 y en las europeas de 2014), que sin duda sumaron puntos a sus adversarios.

El fallo que ha cometido Podemos al explicar constantemente su estrategia es, en mi opinión, que la propia estrategia llega a ocupar el centro del debate. Así, cuando el partido apostó por no presentarse a las elecciones municipales con su nombre sino apoyar candidaturas municipales existentes, fue una decisión estratégica que se dio a conocer como tal.

Es conveniente estar, digamos que dejando a un lado la arrogancia de utilizar un nombre y unas siglas que se ha hecho muy conocido y apostando por iniciativas municipalistas. Sabemos que los pueblos y las ciudades son realidades distintas a la hora de tomar decisiones que la realidad estatal. (…) Nosotros no tenemos por qué ser mejores que nadie y en las municipales podemos estar con mucha gente, con diferentes nombres” (palabras de Pablo Iglesias en un programa de televisión).

Las razones que esgrimieron en su momento para descartar concurrir a estos comicios fueron, principalmente, la falta de una estructura interna plenamente desarrollada a nivel geográfico y el riesgo de que se unieran a las listas violetas “personajes indeseados/ indeseables” que pusieran en entredicho todo el discurso elaborado por la cúpula y que, por lo tanto, echasen por tierra el “cambio político” antes siquiera de llegar a producirse.

Así que Podemos se presentó con sus siglas a las elecciones autonómicas y se integró en las candidaturas de unidad popular que finalmente vencieron en algunas de las ciudades más pobladas de España: Madrid, Barcelona, Zaragoza, Coruña o Cádiz.

Dos meses dart_lauespués de ese histórico triunfo, Pablo Iglesias, secretario general del partido, publica en Le Monde Diplomatique el artículo Podemos, “notre stratégie”.

Este artículo es el que ha motivado mi reflexión. Desde el comienzo, Iglesias hace suyo —y de Podemos— el triunfo de las candidaturas municipalistas que vencieron en mayo. El artículo comienza así:

Las elecciones municipales del pasado 24 de mayo [que vieron la victoria de Podemos y de sus aliados en Madrid y en Barcelona] constituyen un momento clave del proceso de cambio, sin precedente desde la transición  democrática”.

Aquí se observa el primer cambio de discurso. Podemos aparece en primer lugar, como germen principal de unas candidaturas a las que, durante la campaña electoral, se mostró su apoyo pero se insistió vehementemente en que “no eran Podemos. “Dejar de un lado la arrogancia de la marca”, decía Iglesias antes de las elecciones y del triunfo de estas candidaturas.

En el artículo, Iglesias desgrana las claves del discurso y la estrategia del partido: el cleavage continuidad o cambio; la puesta en valor de los movimientos sociales y la denuncia de la corrupción como “dos caras de la misma moneda”.

La siguiente cuestión que analiza el profesor es la relación de Podemos con el resto de partidos, y en especial, con aquellos con los que puede formar gobierno: el PSOE.

La cuestión de los acuerdos se gestionará en función de los resultados electorales, pero también de nuestro análisis de las diferentes situaciones, teniendo en cuenta nuestra capacidad para explotar las disensiones de nuestros adversarios”.

De nuevo, la estrategia por delante de las voluntades políticas y de unas medidas políticas sociales concretas, que ayuden a dar ese cambio político, económico y social que, según la formación y según las encuestas, reclama la ciudadanía.

Dentro de los actores políticos con los que Podemos tiene que relacionarse, Iglesias no pasa por alto el surgimiento de Ciudadanos y la ocupación por parte del partido de Albert Rivera de una porción del espectro político del ‘cambio’ que los ‘podemitas’ habían logrado capitalizar. Algo que requiere “una nueva inteligencia estratégica” porque además ha reposicionado el eje político en la escala izquierda-derecha en lugar de en la de arriba-abajo, puesta en funcionamiento por Podemos con algún éxito durante varios meses a principios de año.

Este discurso de arriba-abajo podría ser reinterpretado como el discurso habitual de la extrema izquierda, lo que expondría a Podemos a perder su transversalidad y le privaría de la posibilidad de ocupar la nueva centralidad”.

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El análisis del politólogo no puede ser más certero: la aparición del cuarto en discordia, Ciudadanos, reconvierte la lucha por el poder en un bipartidismo duplicado; con dos actores principales por la derecha y dos actores principales por la izquierda, cada uno con un representante de la vieja y de la nueva política. Esta situación dinamita la construcción del mensaje de unidad popular (de todos, ni de derechas ni de izquierdas, de ‘la gente‘) frente a la oligarquía (los políticos, los corruptos, los bancos, Merkel) elaborado por Podemos.

Pablo Iglesias termina el artículo reconociendo que el nuevo escenario político del que han sido partícipes y protagonistas se les ha vuelto en contra, y casi da la sensación de que les ha sobrado tiempo. “El efecto de novedad se difumina”, afirma.

Debemos imperativamente redefinir o afinar nuestro discurso para frustrar los contrataques y para reabrir el espacio que se nos ha cerrado. No será fácil”.

Así concluye el artículo publicado por Pablo Iglesias en el número de julio de Le Monde Diplomatique. Un artículo en términos estratégicos sobre los retos que afronta la formación en el que además de atribuirse el triunfo de las candidaturas municipalistas en mayo, obvia la nueva plataforma de unidad popular Ahora en Común formada por distintos partidos —Izquierda Unida, Equo—, personas independientes, sindicalistas y simpatizantes de esas candidaturas municipalistas que han tendido la mano reiteradamente a la formación violeta.

Podemos ha decidido dar libertad a los territorios para que, de producirse pactos, éstos se realicen en las federaciones territoriales. Eso sí, reivindican su marca como “la de la unidad popular” frente a nuevas plataformas. Insisten en que la unidad popular se construye “desde abajo”, pero no admiten otra fórmula que la que encabezan ellos mismos y reclaman que la lista de confluencia se llame Podemos- “algo más”. Parece que ya no es el momento estratégico de “dejar a un lado la arrogancia de unas siglas”, como sí lo fue en mayo. Sin embargo, el tiempo apremia para las generales. Las plataformas Ahora en Común encaran su futuro y el que hasta ahora era el candidato de Izquierda Unida a la Moncloa, se someterá a las primarias de la plataforma.

Quedan pocas fichas por mover, pero si se mantiene el fondo de los discursos más allá de la estrategia, solo habrá una lista de unidad popular. El reto está servido y es el momento del diálogo.

Laura Carnicero

Laura Carnicero

Zaragoza (España). Graduada en UniZar. Actualmente, en Heraldo de Aragón. Antes en El Periódico de Aragón y Cadena SER Aragón. Máster en Comunicación Política por la UCM. Análisis de encuestas e investigadora de las percepciones ciudadanas de la mentira política. Apasionada de los periodos electorales. En lcarnicero@politizen.info y @laucarni
Laura Carnicero