Colombia votó NO…

Aunque no era constitucionalmente necesario, el presidente Juan Manuel Santos se la jugó y quiso que sus acuerdos de paz con las FARC fueran aprobados en las urnas. La apuesta le salió mal.

Por un poco más de 60.000 votos ganó el NO. Ahora, un país dividido, mal dirigido —para algunos— y mal informado —para otros— tendrá que buscar otra salida a un conflicto que lleva más de 50 años y cuyas víctimas se cuentan por millones.

De la misma manera como la sociedad internacional no entiende que en Estados Unidos un candidato como Donald Trump tenga una oportunidad real de ser presidente; que el Reino Unido vote, más allá de que al otro día se arrepintieran, por salirse de la Unión Europea; o que en España partidos políticos con ideas que han llevado a la quiebra a países como Venezuela se hayan convertido en una nueva opción política; estos resultados en Colombia parecen sacados de las trágicas páginas de las polvorientas calles de Macondo. Pero todo tiene una explicación.

A pesar de hacer esta reflexión con el periódico de ayer, la información presente en las encuestas, el discurso de las campañas y las torpezas de lado y lado dejan elementos interesantes en camino a explicar los resultados en las urnas.

Lo que dejan las encuestas

Con los resultados en la mano, uno de los actores con más piel en el fuego son las firmas encuestadoras. Sin falta, todas daban como ganadora la opción del SÍ. Y ante la evidencia aplastante, es obvio decir que se equivocaron. Sin embargo, en sus datos hay elementos que explican el comportamiento del electorado colombiano.

Se debe arrancar dejando claro que los encuestados, por obvias razones de acceso, terminan pintando una imagen de la opinión pública en los centros urbanos, principalmente las grandes ciudades, que es donde se concentra la mayor cantidad de votantes. Sin embargo, en los últimos 15 años esas grandes ciudades han sido testigos alejados de la intensidad del conflicto en zonas rurales.

Utilizando los datos de la encuesta Colombia Opina, hecha por la firma Ipsos, hay datos que se deben tener en cuenta.

En primer lugar, el Gobierno y la figura de Juan Manuel Santos tienen niveles paupérrimos de popularidad. El primero tiene una confianza del 22%. Mientras que el presidente tiene una desfavorabilidad del 71%, una insatisfacción del 73%, un 78% de incumplimiento de su plan de gobierno, un 76% de no respaldo y un 65% de rechazo a la forma en como manejó el proceso de paz.

Además, por si faltara algo, la inmensa mayoría (sólo se salva el Partido Liberal) de los partidos políticos que apoyaban el SÍ tienen índices de popularidad por debajo del 20%. Con este panorama, la fuerza para impulsar el acuerdo recayó en otras instituciones que al final terminaron por no ser suficientes.

A esto se le suma el hecho de que el ex presidente Álvaro Uribe, gran impulsor del NO, mantiene niveles positivos de popularidad con un 54%, y que varios de sus escuderos tienen mejor valoración en la opinión pública que el presidente Santos, entre ellos el muy polémico, y próximo candidato a la presidencia, Alejandro Ordóñez (38%).

De otro lado, el conflicto armado con la guerrilla ya no es el principal problema en la mente de los colombianos. Aunque las encuestas revelan que la principal preocupación es la inseguridad, en ella el papel de la guerrilla es secundario con apenas un 5%.

Abstención, conocimiento e imágenes

Y la puntilla en el cajón la pusieron los acuerdos de La Habana y el acto de la firma de paz en Cartagena. Sin hacer juicios a los contenidos, la verdad es que las encuestas demostraban que el manejo que de estos se hizo podría tener, como terminó siendo demostrado en las urnas, complicadas consecuencias para el futuro del SÍ.

Primero, la abstención ha sido un histórico problema en la democracia colombiana y, tal como se comprobó, estas elecciones no iban a ser la excepción. Las encuestas revelaban que entre aquellos que no iban a votar y los que no sabían aún si lo iban hacer el porcentaje se acercaba al 61%. Al final, la cifra oficial se ubicó en el 63%. Un público al que las campañas no lograron mover de su comodidad histórica.

Luego están los acuerdos. Un texto de 297 páginas en el que se consagraban todos los detalles de la negociación y los compromisos que adquirían las dos partes. Al final un elemento clave para entender el proceso y para decidir el voto. Pues bien, los votantes fueron a las urnas a pesar de que el 58% de ellos no estaba bien enterado de lo que decían los acuerdos.

Por último, el acto de firma de la paz en Cartagena, a siete días del plebiscito, le dio mucho protagonismo, como debía ser en un evento como estos, a personajes e ideas que a la vista de los que terminaron apoyando el NO son figuras profundamente impopulares. Es que sólo falta ver que dos de las principales personalidades con más protagonismo de ese día son las dos personas que más desconfianza le generan a los votantes, el jefe de las FARC, Rodrigo Londoño, y el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Y las campañas

Los tiempos de campaña en Colombia son muy largos, y este no fue la excepción. Las campañas presidenciales en el país duran, en promedio y sin primarias, unos dos años. Esta duró los cuatro años que duraron las negociaciones.

Desde que el presidente Juan Manuel Santos anunció el inicio de la fase pública del proceso, las partes dejaron claras sus posiciones y dejaron claro que la negociación con el otro bando no iba a ser una opción.

Durante todo este tiempo, incluyendo una campaña presidencial de por medio, los mensajes fueron claros. Había un bando que quería la ‘paz’ y otro que quería la ‘guerra’.

Los spots de los defensores del proceso de paz centraban sus mensajes en las víctimas, en la no repetición, en explicar el concepto de los ‘sapos’ que todos nos tendríamos que tragar para poder vivir en una sociedad en paz.

Sus contrapartes se concentraron en hablar de impunidad, de desmoralización de las fuerzas militares, de problemas financieros de los acuerdos y de pérdida de acción y protagonismo de la legalidad nacional.

Sin embargo, al final de la campaña algo cambió. Más allá de los poderosos y emocionales gestos de perdón que se vieron en distintos actos entre las FARC y sus víctimas, la campaña por el NO cambió el enfoque, mas no el discurso.

Las piezas publicitarias y pronunciamientos de sus voceros comenzaron a hacer énfasis en el hecho de que todos querían la misma paz, sólo que con diferentes condiciones. La esencia de los argumentos nunca cambió, pero ese cambio de enfoque, ahora acompañado de otras víctimas del conflicto, hizo que las cargas se igualaran y que no se viera la aprobación del plebiscito como una herramienta fundamental para la paz, dando así opción a votar NO.

¿Ahora qué?

Ojalá, habiendo aprendido de sus errores, las partes deben sentarse y lograr un acuerdo político. Es verdad que no lo han hecho en poco más de siete años. Sin embargo, los resultados de la elección de ayer dejan claro que, más allá de que los colombianos no hayan leído o no hayan entendido los acuerdos de paz, la visión de paz que sus líderes y medios de comunicación les vendieron no terminó por convencer a un poco más de la mayoría que terminó votando.

Y por favor ojalá hayan aprendido que, así se esté en una democracia participativa, hay temas que no se deben abrir a consultas populares. La idea de representatividad en los sistemas democráticos consagra en su esencia que los ciudadanos confían en que los funcionaros electos deben tomar las decisiones correctas para defender el bien común. Las cifras terminaron demostrando que la masa es manipulable y si además no se informan ni se forman pueden terminar tomando decisiones equivocadas que afectan a todo el mundo.

Jairo Dario Velásquez

Jairo Dario Velásquez

Comunicador, con formación magistral en comunicación política y relaciones internacionales, además de especialización en estrategia política. Experiencia como periodista y editor en medios impresos y digitales; y como profesor e investigador universitario.
Jairo Dario Velásquez

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