La construcción del enemigo político

No debe extrañar que en la actualidad los políticos piensen más en némesis que en contrincantes políticos. Casos como los de Rita Maestre, Nicolás Maduro, o Donald Trump no son extraños en el sistema político de la actualidad. Este fenómeno se sustenta sobre una premisa básica: los enfrentamientos dan ‘rating’ y en la comercialización de la política eso es lo que mueve la mayoría de campañas.

Obama el enemigo

Ahora, que esto pase no es del todo una novedad. Estudios históricos ya probaron que la utilización de la información para construir enemigos no es algo nuevo. Exploraciones arqueológicas encontraron pruebas de publicidad negativa en campañas políticas tan lejanas como Pompeya. Los griegos en sus estudios retóricos exaltaban la importancia de identificar las diferencias en los argumentos del contrario y así darle fuerza a los propios. En la actualidad este fenómeno ha adquirido nuevas y, a veces, peligrosas representaciones.

Con la explosión mediática del finales del siglo XVIII se comenzó a sentir el cambio en las costumbres. Pero no será sino hasta la explosión de los medios visuales, especialmente después de la década de los 50’s con la masificación de la televisión, que la política cambió para siempre. Y con ello la visión de la construcción de la imagen de aquellos a los que se quiere vencer.

La política, con la ilusión de aparecer en los medios, abandonó los argumentos fruto de los procesos reflexivos, para abrazar los discursos emocionales que moldean la epidermis de los votantes mientras abandonan su intelecto.

En la actualidad, con excepción de las aberrantes intervenciones estatales, las empresas mediáticas moldean sus actuaciones de acuerdo a intereses comerciales y en ellos los argumentos le ceden espacio a los espectáculos.

Además, estos shows cada vez más abandonan las ideas de grupos, o partidos, en favor de una política mucho más personalizada, en donde los actores importantes no son las ideas o posiciones partidistas, sino las actuaciones particulares encargadas de generar polémica y por lo tanto noticiabilidad.

El procedimiento es bastante sencillo. Bajo la sombrilla discursiva de estar haciendo lo ‘correcto’, los políticos están en una constante búsqueda por atajos que les permitan desviar la atención de una situación de crisis o alcanzar una victoria, ya sea política o electoral. En esa carrera echan mano a un sin número de encuadres grabados en la mente de las personas, manejan su significado, lo acomodan a su discurso y lo repiten hasta que se logre el objetivo.

Investigadores del framing revelaron que con la creciente comercialización de los medios, los marcos se convirtieron en herramientas comunes en el proceso de construcción de la información. Los análisis realizados sobre las noticias han demostrado que cuando las empresas mediáticas quieren reportar sobre disputas o contiendas políticas, casi siempre, lo hacen desde una perspectiva de conflicto, resaltando los enfrentamientos entre los distintos actores. Es que es bastante claro el panorama: si no sales en los medios, tu muerte política está cerca… Por lo tanto, hay que salir en ellos.

Dentro de estos encuadres que resaltan lo conflictivo de los procesos, llamados estratégicos en las investigaciones, se encuentran características que ayudan a identificarlos en los textos. Entre ellos resaltan la presencia de los enemigos, los escándalos ajenos, las situaciones de excepcionalidad, la exaltación de valores patrióticos y la sobre-caracterización de imaginarios súper humanos.

Volviendo sobre el inicio del artículo y los personajes que allí fueron reseñados, vale la pena revisar unos cuantos ejemplos. Sin embargo, antes de eso, cabe aclarar que estas tácticas no son propiedad exclusiva de los extremos del espectro ideológico. Es cierto que allí se encuentran los ejemplos más característicos, por no decir humorísticos o descarados. No obstante, en ese recorrido de izquierda a derecha, pasando por el centro, los políticos y los medios siempre están buscando al siguiente enemigo responsable de sus desgracias o impulso para saltar a la palestra pública y convertirse en salvador.

Los nuevos enemigos

El pasado 16 de junio de 2015, el magnate norteamericano de bienes raíces, Donald Trump, anunció su intención de aspirar a reemplazar al presidente Barack Obama en 2017. Lo hizo identificándose a si mismo como republicano. Y desde su puesta en escena dejó claro que su público objetivo no eran los americanos moderados, sino aquellos que comenzaron a identificarse como neoconservadores y que políticamente se distribuyeron en movimientos anti-sistema o nacionalistas, especialmente el Tea Party.

En todo esto, el billonario, aunque no pareciese, tenía planeada cada una de sus palabras y de los encuadres que iba a utilizar. Sin embargo, también tenía muy definido quienes serían sus enemigos, aunque como se ha visto en el desarrollo de la campaña, esa sería una lista que se ampliaría cada semana.

Inició identificando al presidente Obama como el culpable de los males que habían hecho que los “Estados Unidos perdiera su grandeza”. Pero en eso no se diferenció de sus otros, varios, contrincantes políticos. La diferencia estuvo en su segundo enemigo, los mexicanos.

Con la ilusión de tocar la fibra aislacionista y nacionalista de estados republicanos del sur, el ‘colorido’ billonario no tuvo reparo en afirmar que los inmigrantes que llegaban por la fronteras eran, en su mayoría, violadores, criminales y narcotraficantes. Un ataque de este estilo, aunque se piense, no es común en los discursos políticos. Con demonizar al gobierno, al presidente y a Washington casi siempre basta. Pero al traer a escena, y de esa manera, el problema de la inmigración, marcó muy bien una línea divisoria y definió con claridad a qué tipo de personas le iba hablar por los próximos seis meses hasta que iniciaran las primarias. Esa representación de los inmigrantes como maleantes sacados de películas, hizo que su cobertura mediática se incrementara y su posición en las encuestas subiera. Fue un discurso repugnante, pero políticamente efectivo.

Los sospechosos de siempre

Luego están los enemigos del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Más allá de sus impedimentos verbales, o intelectuales, el mandatario suramericano, siguiendo un discurso cuidadosamente construido por el chavismo desde 1999 —no hace falta sino ver la película Libertador—, encontró en los colombianos a los culpables perfectos de los males internos de su país. De un momento a otro, gente pobre que se ha visto beneficiada de los programas ‘sociales’ del régimen, se convirtieron en paramilitares, contrabandistas o sanguijuelas de los beneficios de la ‘revolución’. Definidos los villanos, sólo restaba actuar.

Durante la época más dura de la crisis fronteriza con Colombia en los meses de agosto y septiembre, el mandatario venezolano fue quirúrgico en su proceder. Mientras mandaba a la Guardia Nacional a marcar o demoler la casa de estas personas, que en su mayoría eran nacionales venezolanas (Chávez les había dado la nacionalidad para que pudieran votar por él), el presidente salía todos los días ante los medios nacionalizados, y Telesur, a justificar sus acciones dentro de su proyecto por pacificar a Venezuela, librándola de paramilitares y asegurándose que los pocos alimentos y productos de la canasta básica que estaban disponibles para las personas pobres no cayeran en manos extranjeras.

Sin desconocer la existencia real en la frontera entre los dos países, los discursos de Nicolás Maduro fueron construidos estratégicamente para encontrar en los colombianos, en Álvaro Uribe y en el presidente Juan Manuel Santos, que hasta pocas horas antes era uno de sus ‘aliados’, a los enemigos de una revolución moribunda y temerosa de los procesos electorales de final de año.

El ‘poder’ de los eufemismos

Poco después de la posesión de la variable de Podemos en la alcaldía de Madrid, y antes de que se destaparan los favoritismos con los que fueron beneficiados sus familiares, la vocera del Ayuntamiento de la capital española, la señora Rita Maestre hizo un despliegue magistral de como, a través de la utilización de eufemismos, se pueden crear imágenes muy simples de quiénes son los enemigos del ‘cambio’.

Aunque no es nuevo, y la historia es testigo de eso, que estos grupos antisistema se atribuyan cualidades redentoras de estructuras decadentes, las intervenciones de Maestre delimitan, de una manera muy confusa, las características de los enemigos del nuevo régimen. Utilizando palabras como ‘compromiso’ y ‘progresista’, la portavoz se atribuía a si misma, y a los suyos, características excepcionales que los separaban de aquellos que los criticaban. Se atribuyó unas características positivas, dibujando a los otros como personas sin compromiso y retrógradas, haciéndolas poco atractivas para los votantes.
Lo curioso al final es que esas características, en justicia, le aplican a ambos grupos desde diferentes perspectivas. Sin embargo, está más que claro que al atribuírselas a ellas y a su grupo, siempre bajo un amplio y muy confuso concepto de libertad de expresión y de manifestaciones pacíficas, buscaba construir la imagen de sus enemigos políticos como personas poco confiables, sin buenas intenciones y peligrosas para los cambios necesarios que tiene que vivir la sociedad española.

Al final, lo que queda claro es que nadie ha cometido un crimen. Todas estas construcciones, por más ficción en que estén basadas, son herramientas comunes en el juego actual de la política mediatizada. Seguramente es mucho pedir la existencia de políticos inteligentes y medios responsables, así que es tarea del receptor saber identificar la información en medio de la basura, los chismes, escándalos y mentiras que pueblan los discursos políticos.

Jairo Dario Velásquez

Jairo Dario Velásquez

Comunicador, con formación magistral en comunicación política y relaciones internacionales, además de especialización en estrategia política. Experiencia como periodista y editor en medios impresos y digitales; y como profesor e investigador universitario.
Jairo Dario Velásquez

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