Cultura y movimientos sociales

Los procesos electorales más recientes en España dieron lugar a un asalto de las instituciones por parte de integrantes de movimientos sociales como el 15-M o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), que consiguieron opciones de gobernar ciudades tan importantes como Madrid o Barcelona, entre otras.

Los nuevos movimientos sociales del siglo XXI podrían explicarse por un cambio cultural, propio de la generación de nativos digitales que han crecido junto al desarrollo de las TIC y que reflejan mayores demandas de participación y democracia, pero también por las circunstancias materiales (crisis neoliberal), que han influido de forma evidente en sus reivindicaciones de mayor redistribución de la riqueza y justicia social.

El papel de la cultura sobre los movimientos sociales y la acción colectiva ha sido objeto de estudio por parte de muchos autores de sociología política. Ann Swidler afirma que ésta “influye en la acción mediante la configuración de un repertorio o juego de herramientas, de hábitos, habilidades y estilos a partir de los cuales la gente construye estrategias de acción”.

Para Sidney Tarrow la acción colectiva se enfrenta al reto de “coordinar a poblaciones desorganizadas, autónomas y dispersas de cara a una acción común y mantenida. Los movimientos resuelven el problema respondiendo a las oportunidades políticas través del uso de formas conocidas, modulares, de acción colectiva, movilizando a la gente en el seno de redes sociales y a través de supuestos culturales compartidos”.

Esta caja de herramientas cultural estaría compuesta por memorias e identidades colectivas, discursos y retóricas políticas, mitos y símbolos. Los marcos culturales juegan un papel importante en el moldeado de las estructuras de acción, pero no único, sino complementario a otros aspectos como las redes sociales, los repertorios de movilización y las oportunidades políticas existentes.

Los repertorios de movilización, definidos por Charles Tilly como “el conjunto de  medios que tiene un grupo para plantear reivindicaciones diferentes a individuos diferentes”, se componen de un conjunto de acciones que se consideran legítimas para conseguir determinados derechos, y están condicionados por los recursos disponibles y por los marcos culturales.

Los repertorios para la acción colectiva han ido evolucionado a lo largo del tiempo. El desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) ha generado nuevos tipos. En cualquier caso, se da una convivencia entre formas de protesta más tradicionales, como las manifestaciones o las huelgas, con otras más novedosas, como los escraches o las acampadas simultáneas a nivel global.

Swidler señala que en épocas de inestabilidad social, “se prescinde con aparente facilidad de los fines culturales establecidos”. En estos periodos es más fácil que nuevos actores introduzcan nuevos marcos de significado, que nuevos simbolismos determinen el devenir social, por lo tanto, son más proclives para que los movimientos sociales triunfen.

La crisis económica y de los partidos tradicionales ha generado en España una ventana de oportunidades para movimientos sociales alternativos como el 15-M, pero también se han creado oportunidades en Europa para movimientos de corte xenófobo, como el Frente Nacional en Francia o Amanecer Dorado en Grecia.

La emergencia de nuevos grupos también puede generar oportunidades para los dirigentes estatales de aplicar políticas restrictivas de derechos y libertades. Para ello cuentan con el poder de represión que les proporciona el monopolio del uso de la violencia.

Della Porta y Diani  afirman que “el control policial de la protesta influye en la trayectoria y las características de los movimientos”. La Ley de seguridad ciudadana (conocida como ley mordaza) puesta en marcha en España parece ir en esta dirección, al penalizar formas de protesta que forman parte del repertorio contemporáneo de movilización social (paralización de desahucios, acampadas, resistencia pacífica…).

Sin embargo, la violencia por sí sola no sirve para conseguir la dominación absoluta de la población. Como señala el sociólogo Pierre Bourdieu: “cualquier ejercicio de fuerza viene acompañado por un discurso que está dirigido a legitimar la fuerza de aquel que la ejerce”. Por ello, los medios de comunicación, como definidores de consensos y de marcos culturales mediante los que las personas interpretan la realidad, resultan de gran importancia para mantener el control social.

En este sentido, queda claro que la cultura es poder. La hegemonía a la que se refería Gramsci es esencialmente cultural, en cuanto a construcción social de la realidad. Quien define las cosas a través del discurso dominante tiene la capacidad de fijar el sentido común de la sociedad acorde a sus intereses. Por este motivo, el papel de los medios de comunicación condiciona la acción colectiva.

Tradicionalmente, los grandes medios de masas han promovido un sentido común de acuerdo a los intereses de las clases dominantes y al mantenimiento del status quo. Sin embargo, el desarrollo de Internet ha reducido considerablemente el coste de la acción colectiva, puesto que ha creado nuevas formas de comunicación más difíciles de controlar por parte del poder económico, posibilitando entramados de redes sociales autónomas con gran capacidad de difusión, lo que Castells denomina “autocomunicación de masas”.

Internet es una herramienta con la que no contaban los movimientos sociales del siglo pasado, forma parte de la cultura del siglo XXI y por tanto, de la caja de herramientas de los nuevos movimientos sociales. Esta circunstancia explica el potencial de grupos como el 15-M, aparentemente faltos de liderazgos visibles y de la organización necesaria para el éxito de la acción colectiva que teorificó Lenin, a la hora de lograr un alcance mucho mayor a través de las redes sociales de comunicación.

15-M en Sol (Madrid)
Concentración del 15-M en Sol (Madrid). Álvaro Ortiz (Flickr)

La difusión a nivel global de movimientos de protesta como el de los indignados  pone en cuestión conceptos como la cultura cívica de Almond y Verba o el capital social de Putnam, pues una forma de participación asociativa, colaborativa, participativa y asamblearia se ha difundido con éxito similar entre países de tradiciones políticas y culturas muy diferentes.

De hecho, España es un país sin una tradición asamblearia ni participativa, pues históricamente ha estado regido por monarquías absolutas y por regímenes autoritarios, y la transición del franquismo a la actual democracia liberal fue un proceso en el que la sociedad civil apenas tuvo protagonismo. Esto no ha impedido el desarrollo de formas de asociacionismo y solidaridad entre la ciudadanía al margen de las instituciones oficiales.

Por otro lado, la experiencia histórica confirma una de las tesis de la teoría de la movilización de recursos: que los agravios existentes a lo largo del tiempo generan movilización social en determinadas circunstancias. Factores como la estructura política o los marcos culturales hegemónicos condicionan la aparición de la acción colectiva como respuesta a los agravios.

En esta línea, Tarrow sostiene que “la gente se suma a los movimientos sociales como respuesta a las oportunidades políticas, y a continuación crea otras nuevas a través de la acción colectiva”. Así, los agravios a las mujeres han cristalizado en movimientos feministas y en demandas como el derecho al aborto o al divorcio en España durante la democracia, y no durante la dictadura franquista, época en la que la situación de discriminación de las mujeres era más flagrante.

Del mismo modo, resulta difícil imaginar que antiguos miembros de movimientos sociales como Ada Colau o Pablo Iglesias hubiesen llegado a las instituciones  con tanto protagonismo sin una crisis económica y política como la que ha habido en España.

También vemos como movilizaciones de similares características generan distinto apoyo social en función de la coyuntura. Así, la sociedad española se ha concienciado del problema relacionado con la vivienda a partir de que los desahucios se hicieron visibles en los medios de comunicación. Sin embargo, diversas organizaciones como el movimiento V de vivienda llevaban años realizando similares reivindicaciones con escasa repercusión.

Conclusión

Los aspectos culturales son importantes a la hora de poner en marcha actuaciones colectivas, pues filtran las oportunidades políticas e influyen en los repertorios de movilización que se llevan a cabo en un determinado momento.

Sin embargo, la dinámica de los movimientos sociales es compleja, y su evolución conlleva múltiples interacciones, de modo que no está determinada únicamente por la cultura. Ésta, más bien, forma parte de un entramado de elementos que condicionan el nacimiento, el desarrollo y el éxito de las acciones colectivas de los movimientos sociales.

Álvaro Justo

Álvaro Justo

Licenciado en Periodismo (URJC). Máster en Estudios Avanzados en Comunicación Política (UCM). Experiencia como corrector de estilo en prensa escrita y como redactor en medios online.
Álvaro Justo

Latest posts by Álvaro Justo (see all)