El dilema de la democracia interna

¿Deben los partidos políticos funcionar con democracia interna? ¿Deben facilitar la pluralidad de opiniones y la existencia de debates ideológicos en su seno? La respuesta parece claramente afirmativa, pues la mayoría queremos que las instituciones sobre las que recae la representación de la ciudadanía se rijan por principios democráticos.

Sin embargo, nos encontramos con una paradoja: a menudo la democracia interna en las formaciones políticas es transmitida por los medios —y percibida por el público— como división; mientras que su ausencia se traduce en una imagen de unidad. Dado que su principal objetivo es conseguir votos, los partidos se enfrentan a un gran dilema: ser abiertos y plurales o verticales y eficaces.

Para entender esta realidad debemos tener en cuenta que la comunicación política actual se produce en el contexto de una esfera pública mediatizada, esto es, condicionada por el papel intermediador entre políticos y votantes que ejercen los mass media.

En su objetivo de conseguir grandes audiencias, los medios de comunicación comerciales tienden a elaborar la información de forma que sea atractiva para el público. Esto da lugar a una espectacularización de los contenidos  políticos, a menudo cargados de sensacionalismo.

Los medios suelen personalizar los debates centrándose más en las caras que en las ideas, simplificando a veces discusiones ideológicas como meras rivalidades personales. Asimismo, fruto de su afinidad por la explotación del conflicto y los escándalos —bad news is good news—, dramatizan los debates como conflictos irresolubles, usando para ello el lenguaje bélico o deportivo. Asistimos, en definitiva, a la teatralización de la política como un espectáculo permanente.

Los medios suelen premiar la existencia de hiperliderazgos

El resultado es que aspectos democráticos como la pluralidad de opiniones, la existencia de debates ideológicos o la rotación de cargos dentro de los partidos políticos son encuadrados por los medios como división interna, con palabras tan negativas como “guerra”, “batalla”, “crisis” o “purga”. Por el contrario, suelen premiar la existencia de hiperliderazgos y homogeneidad interna, encuadrando esto con palabras positivas como “unidad” o “estabilidad”.

El miedo a transmitir una mala imagen a los votantes puede generar en las formaciones políticas un cierre a la participación de sus militantes y simpatizantes. Es una situación compleja, pues son los mismos medios de comunicación que a menudo exigen a los partidos que funcionen de forma más democrática (celebración de primarias, transparencia, etc.) los que castigan la pluralidad interna. Aunque parezca contradictorio, algo tan necesario para la democracia como la actitud crítica de los medios hacia los partidos puede llegar a limitar la democratización de estos.

Los partidos deben lidiar con esta situación tan paradójica. No les queda más remedio que tratar de encontrar un equilibrio entre la democracia interna y la imagen de división. Para ello, conviene dejar de lado los ataques personales entre compañeros y centrarse en los debates de ideas o propuestas.

Los ciudadanos también debemos asumir que la existencia de voces distintas en un partido no es mala de por sí. Al contrario, el pluralismo y la libertad ideológica dotan a los organismos políticos de un dinamismo positivo para facilitar su adaptación a los cambios sociales y económicos; evitando de paso la perpetuación de la fidelidad al líder como único mecanismo de supervivencia y/o ascenso en los aparatos, algo por desgracia demasiado habitual.

Álvaro Justo

Álvaro Justo

Licenciado en Periodismo (URJC). Máster en Estudios Avanzados en Comunicación Política (UCM). Experiencia como corrector de estilo en prensa escrita y como redactor en medios online.
Álvaro Justo

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