El horror como estrategia de comunicación

Más allá de enemigos, está el miedo y en política no existen reparos en explotarlo si de eso depende la victoria. No es extraño ver que en enfrentamientos políticos y electorales se utilicen figuras discursivas que, con la ilusión de crear una diferenciación entre las partes, busquen despertar sentimientos de temor hacia un futuro en donde una opción distinta se imponga. Es una versión avanzada de la historia del ‘coco’ que utilizaban los papás para lograr que sus hijos se comportaran de acuerdo a sus normas establecidas. Las últimas elecciones legislativas en Venezuela fueron un ejemplo de esto.

Con la llegada al poder de Hugo Chávez a finales del siglo pasado se creó una ruptura en el escenario político latinoamericano. Aunque en estos países no era extraño la popularidad y el acceso al poder de figuras de corte caudillista, el ascenso de este ex coronel, encarcelado por protagonizar un golpe de estado, generó un cisma que, sustentado en una bonanza histórica de los precios del petróleo, se expandió a otros territorios latinoamericanos. Y en ese proceso, más allá de los éxitos reales que tuvo, creó una división profunda e irreconciliable entre aquellos que le apoyaban y los que no.

La muerte de Chávez en marzo de 2013 llevó al poder, luego de unas elecciones muy reñidas y llenas de denuncias, a Nicolás Maduro, un personaje sin la inteligencia, carisma y capacidad de mando del difunto dirigente que ha utilizado al miedo como su principal arma para luchar contra cualquiera de los múltiples retos que ha tenido que enfrentar.

El escenario internacional y local no ha sido el mismo de los años de gloria del chavismo. Más allá de la incapacidad intelectual manifiesta de este nuevo mandatario, la profunda crisis económica fruto del descenso en los precios del petróleo, la ruptura del eje socialista en Latinoamérica, la división interna existente en el oficialismo, y el preponderante papel que han adquirido las figuras internacionales de la oposición, han hecho que este político, cuya principal cualidad es la de repetir casi histriónicamente las frases y figuras políticas del difunto caudillo, haya encontrado en la utilización constante del miedo un arma política que no ha temido utilizar.

Aquí hay que iniciar haciendo una claridad. Si bien es cierto que ambos bandos políticos, profunda e irreconciliablemente divididos, ha utilizado el miedo como un arma discursiva, el oficialismo chavista/madurista lo llevó a extremos. No sólo pone a la oposición como una opción negativa (no distinta) para los electores, algo lastimosamente normal en cualquier contienda política en el mundo, sino que le advertía/amenazaba a la opinión pública de posibles reacciones violentas por parte de las facciones defensoras del gobierno para defender ‘la revolución’ en caso de darse una victoria de la oposición.

Las advertencias/amenazas giraron entorno a lugares comunes ya presentes en anteriores procesos, como la exaltación de la figura del difunto Chávez. Sin embargo, gracias a los resultados adversos que arrojaron las encuestas, estas fueron más allá.

Primero se utilizó las preocupaciones económicas de la población para intentar enfocar sus votos. El presidente afirmó que “Yo no me imagino un diablo de esos de la oligarquía gobernando aquí. Pónganle ustedes que yo me vuelva loco y lo llamo: ‘Venga, gobierna aquí, te entrego el poder’. Privatizarían las pensiones, privatizarían la educación pública, privatizarían la gran misión Vivienda Venezuela, privatizarían las empresas básicas, privatizarían el petróleo”.

Luego el miedo se plasmó sobre la figura de lo que según el oficialismo representa la oposición. El político chavista afirmó que es una decisión entre dos modelos, el modelo de la patria rebelde, pura, bolivariana y chavista y el modelo de la antipatria, entreguista y pitiyanqui, y muy corrompida de la derecha”.

No obstante allí no se quedaron. Luego advirtieron que de darse una victoria de la oposición la lucha no se limitaría a lo político. El mismo Maduro afirmaba “quien tenga oídos, que entienda; el que tenga ojos, que vea clara la historia. La revolución no va a ser entregada jamás, escuchen”.

La novedad en esta oportunidad ha sido la utilización de amenazas a la seguridad de los votantes. Envueltos en un momento de profunda sensación popular de inseguridad, las advertencias del gobierno se enfocaron en crear sensaciones de una deformación del enfrentamiento entre las facciones políticas y del inicio de un conflicto interno de carácter violento.

El presidente Nicolás Maduro advertía en una de sus últimas intervenciones antes de las elecciones que “es muy importante el triunfo del domingo (…) es muy importante porque de eso depende la paz, depende la estabilidad del país, depende la continuidad de cada misión”.

Incluso el bando de gobierno, encabezado por el primer mandatario, han llegado a advertir que de darse una derrota del oficialismo el gobierno puede recurrir a diferentes tácticas para impedir que la oposición gobierne.

El mismo Maduro lo advirtió: “si los dejamos… porque si se atrevieran, en la película del terror les apagamos el televisor, y nosotros sabemos cómo. A buen entendedor, pocas palabras”.

Exteriorizó que si el chavismo pierde en las urnas, él saldrá a las “calles a luchar” y adelantó que los candidatos del gobierno tienen “que ganar como sea”.

Y estos discursos, ya como víctimas del régimen, son repetidos y difundidos por los miembros de la oposición democrática.

Sobre Venezuela se ha generado un debate acerca si es o no una democracia. Lo que los elementos muestran es que formalmente es un régimen democrático. No obstante, las pruebas están en que las actuaciones de sus gobernantes son de tintes autocráticos, con tendencias hacia una corrupción endémica.

En ese contexto, con el discurso utilizado durante la campaña que terminó, queda la duda sobre la realidad de esa democracia más allá de las formalidades, ya que la libertad del voto de un pueblo que se siente amenazado, tanto en su seguridad como en su ser, gracias al discurso de los actores políticos se convierte en un relato de características mitológicos.

Jairo Dario Velásquez

Jairo Dario Velásquez

Comunicador, con formación magistral en comunicación política y relaciones internacionales, además de especialización en estrategia política. Experiencia como periodista y editor en medios impresos y digitales; y como profesor e investigador universitario.
Jairo Dario Velásquez

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