La puesta en escena de Felipe VI en su primer año de reinado

Se cumple un año de la proclamación de Felipe VI como rey, momento idóneo para hacer un balance de su actuación ante el escenario, de sus aciertos y errores

Los Reyes saludan a los ciudadanos congregados en la plaza de Oriente tras la proclamación (Imagen de Casa Real).
Los Reyes saludan a los ciudadanos congregados en la plaza de Oriente tras la proclamación. (Fuente: Casa Real)

El historiador Daniel Boorstin denominó en la década de 1960 ‘pseudoacontecimientos’ a los eventos confeccionados principalmente para facilitar la aparición de líderes políticos en los medios. Una técnica propia del marketing político de gran provecho para una finalidad: lograr seducir a los espectadores de un país y conseguir el reconocimiento. Y esta estrategia comunicativa es la que le ha servido a Felipe VI para mantener su aparición constante en los medios durante sus primeros doce meses de reinado, para dar a conocer su carácter y su forma de actuar. Una oportunidad, que le garantiza su cargo, que le ha permitido ganarse a buena parte del público durante su puesta en escena como nuevo Rey.

Posiblemente la abdicación de Juan Carlos I se realizó en el momento oportuno. La Casa Real supo apreciar el clima de necesidad de regeneración que atravesaba —y atraviesa todavía— la sociedad española, y se adelantó incluso a formaciones políticas como el PSOE, con el cambio de Alfredo Pérez Rubalcaba a Pedro Sánchez en la secretaría general del partido socialista, y al auge de nuevos partidos políticos como Podemos y Ciudadanos, ambas formaciones con candidatos jóvenes —Pablo Iglesias (36 años) y Albert Rivera (35 años)—. Era la hora del cambio, era el momento de Felipe de Borbón (47 años). De nada sirve el encuentro con los ciudadanos mediante la táctica del ‘pseudoacontecimiento’ si el contexto adecuado no forma parte del acto. “El liderazgo es ahora especialmente contextual y la comunicación política exige un trabajo ingente de mantenimiento de una reputación muy cambiante y de salvaguarda del relato en condiciones muy competitivas. Sobreviven así quienes dan con la narrativa oportuna, quienes resultan creíbles al contarla y quienes la representan sin descanso” (Arroyo, 2012; pág. 451).

Como desveló el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) en su barómetro de abril de 2015 (estudio número 3080), el resultado del relevo en la jefatura del Estado ha sido provechoso para la institución: el 57,4% de los españoles valora positivamente la forma en la que Felipe de Borbón ha realizado su labor en estos meses, y solo el 17,8% calificaba su dedicación como negativa. Además, en el ranking de la valoración media de instituciones tanto públicas como privadas, la Monarquía se coloca en el quinto puesto —solo superada por la Guardia Civil, la Policía, las Fuerzas Armadas y los medios de comunicación—. Hay que tener en cuenta que la crisis económica y el conocimiento de casos de corrupción política han traído consigo que los españoles observen a los políticos —y a sus formaciones— y a la mayoría de las instituciones del Estado con una mayor reticencia. Si se comprueba la evolución de los indicadores estadísticos de la opinión pública desde hace una década hasta nuestros días, se aprecia que los ciudadanos juzgan negativamente y sin benevolencia a la mayoría de las instituciones al mismo tiempo que declaran tener menos confianza en ellas.

Precisamente recuperar la confianza de los españoles hacía la Monarquía es —y seguirá siendo por mucho tiempo— el principal reto de Felipe VI. Y para ello la comunicación no es solo suficiente. Y he aquí otro acierto: la Casa del Rey ha entendido que recuperar la credibilidad pasa por saber renovarse —adaptarse a nuevas realidades— y desempolvar de vez en cuando los muebles. Idea que subyace de decisiones como bajar su sueldo un 20%, prohibir trabajar en empresas públicas o privadas a los miembros de la Familia Real, regular los regalos e impulsar un exigente código de conducta a los empleados de su Casa Real, someter las cuentas de la Jefatura del Estado al control de la Intervención General del Estado, y como colofón de este primer año: retirar el titulo de Duquesa de Palma a su hermana mediana.

Otro aspecto a destacar de Felipe VI ha sido su capacidad de abrirse a todo tipo de sectores, mostrando por igual su cercanía. Un acierto, sin duda, fruto del consejo que recibió de su padre durante su estancia —cuando era Príncipe— en el College School de Lakefield (Canadá), a través de una cartas donde le contaba cómo debería comportarse en su futuro cargo, posiblemente al saber que esa lección no se lo darían en ningún colegio del mundo: “No te canses jamás de ser amable con cuantos te rodean y con todos aquellos con los que hayas de tener relación. […] Has de mostrarte animoso aunque estés cansado; amable aunque no te apetezca; atento aunque carezcas de interés; servicial aunque te cueste trabajo”. Durante estos primeros doce meses de su reinado, Felipe VI se ha mostrado cercano con colectivos sociales, religiosos, de profesionales de diversa índole; desde un colectivo de gays, lesbianas y transexuales hasta miembros de la nobleza; desde el arzobispo de Madrid, Carlos Ossoro, al gran Rabino Sefardí de Jerusalén, Shlomo Moshe Amar; y desde despachar con Mariano Rajoy hasta estrechar la mano e intercambiar palabras amables con Pablo Iglesias. Y en este último caso, un apunte más: ha sabido actuar con neutralidad y naturalidad ante los cambios políticos que han tendido lugar durante estos meses.

Por otro lado, el papel de la Reina Letizia ha sido extraordinariamente valioso como herramienta para dar imagen de renovación y cercanía. El origen de Letizia alejado de la nobleza, su carácter amable —demostrado antes y después de la proclamación— y su criterio de “el protocolo es que no hay protocolo” cuando su interlocutor son los ciudadanos ha sido una gran fortaleza para la institución, como ocurrió con su antecesora en el cargo, la reina Sofía.

Finalmente, una sugerencia:

Felipe VI tiene que tener presente que la cámara solo le enfoca él, es decir, la cabeza más visible de la Institución es la suya. Tanto si hay confianza en la Monarquía como si no, el responsable será él. Y un claro ejemplo es el que le sucedió a su padre: de grandes ovaciones y positivas valoraciones en las primeras décadas de su reinado pasó a críticas y un castigo reflejado en los barómetros de los últimos años antes de la abdicación. Demostrando la importancia de blindar la Institución, dando ejemplo, actuando con prudencia, sin olvidar que es Rey de jóvenes, adultos y ancianos; de españoles de izquierda, del centro y de derecha; de andaluces, madrileños y catalanes. El Rey seguirá siendo rey, si consigue que los españoles, sea cual sea su condición, le vea como su rey.

Bibliografía

ARROYO, Luis (2012) El poder política en escena. Barcelona. RBA.

Este artículo forma parte de una investigación más extensa del autor, Manuel Mariscal Zabala. Si desea conocer su trabajo completo póngase en contacto con él: @MariscalZabala // mmzmanuelmmz@hotmail.com
Manuel Mariscal

Manuel Mariscal

Graduado en Periodismo (UCM). Ha completado su formación en la Secretaría de Estado de Comunicación del Palacio de La Moncloa y en el diario ABC. Miembro del equipo de comunicación de la Asociación del Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado.
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