¿Permitirá Internet el gobierno del pueblo?

Frente a la actual atmósfera ciberutópica se hace necesaria una llamada a la reflexión sobre las verdaderas potencialidades políticas que ofrece el nuevo entorno digital.

Las nuevas tecnologías son entendidas por buena parte de la sociedad como una poderosa herramienta democratizadora /Japanexperterna.se
Las nuevas tecnologías son entendidas por buena parte de la sociedad como una poderosa herramienta democratizadora/Japanexperterna.se

En el año 1924 y en pleno apogeo del desarrollo de la radio como medio de comunicación social, el columnista Mark Sullivan de la revista americana Radio Broadcast se preguntaba: “¿permitirá la radio el gobierno del pueblo?”, respondiéndose a sí mismo con un convencido “sí”. Según el periodista, tras la llegada de la radio al mundo de la comunicación, el público podría sortear la censura de la prensa escrita accediendo a un nuevo canal informativo que parecía carecer de intermediarios.

De esta manera, nos situamos en una época en la que se asociaba el nuevo medio a la idea de una plataforma de revitalización democrática que acabaría definitivamente con una de las mayores frustraciones políticas de la historia: la contradicción que supone la puesta en práctica de la democracia representativa como un mal menor frente al deseo de una praxis radicalmente democrática, basada en el antiguo concepto del Quod omnes tangit debet ab omnibus approvari: lo que a todos concierne, por todos debe ser aprobado.

Sin embargo, esta tendencia se ha repetido de manera constante a lo largo de los últimos siglos, como reflejo del imaginario colectivo, saltando a escena cada vez que aparecía un nuevo invento relacionado —sobre todo— con los sectores del transporte y la comunicación. El último de estos saltos se ha producido —con imperiosa fuerza, además— con la llegada de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (NTIC). Los ordenadores, Internet y la comunicación digital se han configurado como un agente de cambio social de carácter revolucionario dentro de diferentes ámbitos del mundo de la participación política, como los movimientos sociales y los partidos políticos. De hecho, una de las características más notables de los partidos emergentes en España ha sido el uso de las redes sociales como medio para hacer campaña y acercarse a la ciudadanía.

“Se hace indispensable comenzar a entender la tecnología no solamente como un medio, sino también como un mensaje que puede estar acompañado por sesgos resultantes de la era del panóptico digital” 

Así, las nuevas tecnologías son entendidas por buena parte de la sociedad —en orden de lo simbólico— como una poderosa herramienta democratizadora que extenderá las capacidades humanas de transformar las relaciones de poder dentro de lo social; que puede conducirnos al cumplimiento del ideal democrático donde la sociedad es competente para autogobernarse. No obstante, cabe preguntarse si ciertamente nos encontramos ante el hallazgo de la solución definitiva o si, simplemente, estamos pasando una vez más por una etapa de ensoñación política colectiva.

Según el politólogo americano Langdom Winner, las innovaciones tecnológicas ciertamente disponen de un elemento de verdad en la revitalización cívica, puesto que gracias a la aplicación de sus usos en el ámbito de lo político han mejorado la calidad de vida de la ciudadanía, especialmente en su ejercicio de apertura de los contenidos informativos sobre el mundo social y político. Por otro lado, también encontramos como novedad la multiplicación de las posibilidades de contacto —en tanto que Internet es un medio caracterizado por la interactividad— en entornos intensivos de comunicación, la creación de nuevos espacios de discusión sobre asuntos comunes y la facilitación de las actividades participativas tradicionales gracias a la reducción de los costes comunicativos implicados en la acción colectiva.

Luego frente a un entusiasmo por las nuevas tecnologías que se antoja exagerado y que algunos autores críticos han calificado de ciberutopismo o ciberfetichismo se hace necesaria una llamada a la reflexión y al análisis sobre las verdaderas potencialidades que ofrece el nuevo entorno digital. Efectivamente, si echamos una ojeada al panorama académico entregado a este objeto de estudio ya encontramos posturas divididas e incluso contradictorias: por un lado, encontramos a quienes consideran que Internet tendrá efectos negativos en la participación política, sustituyendo las comunidades virtuales por las relaciones interpersonales; y por el otro, tenemos a quienes consideran que Internet sí tendrá efectos positivos. Dentro del segundo grupo observamos a quienes se apoyan en la tesis de la normalización o refuerzo, que explica que la red facilitará la acción colectiva a quienes ya participaban, y a quienes se posicionan en la tesis de la nueva movilización, que va más allá y afirma que las nuevas tecnologías aumentarán el número de participantes en la vida política.

Esta manera de entender la tecnología, recientemente bautizada como fetichismo tecnológico, forma parte del tecno-solucionismo, una estructura simbólica que tiende a invisibilizar la desigualdad y las circunstancias socioeconómicas que determinan el uso de la tecnología, produciendo así toda una serie de mitos político-sociales. Un posible origen de esta visión tecnológica podría vincularse a la clásica teoría de la modernización de los estudios sobre cultura política, que explica cómo los cambios de la sociedades tradicionales a las sociedades industriales, que posteriormente se transformaron en sociedades postindustriales tras la Segunda Guerra Mundial, concluyeron en la democratización política, la extensión de derechos civiles y el aumento de la participación política.

La investigadora de la Universidad de Barcelona Gemma Galdon Clavell apunta que para abordar esta problemática, la tecnología debe enfocarse hacia un modelo de desarrollo socio-tecnicista basado en la articulación de formas de relaciones más complejas que mezclen los canales tradicionales con los nuevos, poniendo como ejemplo el caso de los círculos de Podemos que facilitaban ordenadores en los barrios para votar en el proceso de primarias del partido evitando así la brecha digital. Además, se hace indispensable comenzar a entender la tecnología no solamente como un medio, sino también como un mensaje que puede estar acompañado por sesgos resultantes de la era del panóptico digital, donde todo el mundo se siente vigilado por todas y cada una de sus interacciones en la red. Por último, este modelo aboga también por evitar el “despotismo de los datos” y la desvinculación con los actores participantes por parte de la ciudadanía en el proceso político en cuestión.

Las limitaciones de la acción colectiva online deben entenderse siempre desde la mediación que las nuevas tecnologías producen en las dinámicas de la acción colectiva, como la ausencia de una estructura ideológica que cohesione el sistema en la defensa de lo común, puesto que en el entorno digital a menudo se presenta como un nuevo sistema post-político y post-ideologizado. Por su parte, las redes sociales como elemento clave de la web multiplican las relaciones humanas dando lugar a un mar de vínculos propensos a la fragilización del compromiso, la imposibilidad de la respuesta personalizada y la distracción.

“Es imposible avanzar sin compromisos, en una sociedad que da pasos hacia la competencia entre distintos yoes digitalizados”

De esto se desprende que la acción colectiva moderna obtiene facilidades en la superación de algunos dilemas clásicos de la acción colectiva, pero pierde en otros puntos de importancia capital: es imposible avanzar sin compromisos en una sociedad que da pasos hacia la competencia entre distintos yoes digitalizados. Por otro lado, no podemos dejar de olvidar que las nuevas tecnologías forman parte de una estructura económica, donde la ciudadanía no tiene ni voz ni voto, desde donde se trazan las hojas de ruta de la web. Oligopolios de sectores como la publicidad y la comunicación, en tanto que organizaciones burocráticas capitalistas, determinan los usos de las redes en función de la idoneidad para generar beneficios económicos.

Por la propia naturaleza de la red, donde todo es urgente e instantáneo, vivimos bajo una número incontrolable de acontecimientos que conforman un presente continuo y permanente, que acaba por la inhabilitación de espacios temporales dedicados al pensamiento: las nuevas generaciones —y las no tan nuevas pero adaptadas al uso de Internet— difícilmente pueden entregarse a la lectura exhaustiva y calmada de informaciones políticas, enmarañadas por todo tipo de obstáculos, como los hipervínculos que enlazan unas informaciones con otras, así como por la presión atencional que se ejerce desde un teléfono móvil que nunca deja de sonar.

Esta saturación informativa, añadida a toda una serie de insuperables ideas preconcebidas a las que no tenemos tiempo de enfrentarnos da como resultado una falta de actitud crítica en las sociedades contemporáneas digitales, tal y como ya señalaba el sociólogo francés Pierre Bordieu en Sobre la televisión bajo el concepto del fast thinking. Y la necesidad de cerrar los ojos y desconectarse se ha convertido en la verdadera premisa revolucionaria de nuestro tiempo, a fin de poder reflexionar dónde estamos y hacia donde nos dirigimos.

Alejandro Alcolea Marín

Alejandro Alcolea Marín

Comunicación Política e Institucional. Interés por la investigación social en nuevas tecnologías, cultura política y movimientos sociales.
Alejandro Alcolea Marín