Las elecciones de la “política pop”

Sánchez hace escalada. Sáenz de Santamaría baila la coreografía de un programa de prime time. Rivera se va de rally. Iglesias le canta una nana a la otrora reina de las mañanas de la televisión española y Rajoy juega al futbolín en la cadena pública. La política pop ha llegado.

Aunque con diversos nombres, la etiqueta que ha triunfado para denominar este nuevo estilo de hacer política es la del italiano Gianpietro Mazzoleni, especialista en la fusión entre política y entretenimiento y el ascenso de los neopopulismos, especialmente entregado al análisis del Berlusconismo. Pero no nos desviemos del tema. Los prolegómenos de las elecciones generales en España se han caracterizado, sin ninguna duda, por la nueva política a la que los nuevos invitados —Iglesias y Rivera— han obligado a ejercer a los viejos actores. Hasta Mariano Rajoy, alias plasmapresidente —y no precisamente por su dominio de la tele—, ha tenido que sucumbir.

La política pop y... Sáenz de SantamaríaLa política pop y... Pedro SánchezLa política pop y... Albert RiveraLa política pop y... Pablo IglesiasLa política pop y... Mariano Rajoy
La vicepresidenta del Gobierno visitó el popular programa de entretenimiento El Hormiguero el pasado mes de octubre. Sáenz de Santamaría no dudó en realizar el particular baile inicial del show e incluso besar la calva de uno de los colaboradores. Por el programa, en el que la política no es ni mucho menos el tema habitual, también pasaron Sánchez, Iglesias y Rivera.

Pedro Sánchez fue de los primeros en inaugurar la participación de los políticos en los shows de entretenimiento de las cadenas españolas. Primero fue su llamada a Sálvame, el programa de cotilleo de la tarde de Telecinco, y después su “desafío” con Jesús Calleja. En el programa apareció incluso su esposa, que por otro lado tiene un gusto especial por salir en cámara.

El líder de Ciudadanos también visitó al aventurero de Cuatro. Corrió un rally, con accidente incluido, para darle más “emoción”.

Si algo falla en Podemos es su escaso porcentaje de intención de voto entre los mayores de 60 años. ¿Cómo solucionarlo? Visitando el programa de María Teresa Campos en las tardes de fin de semana de Telecinco, donde no dudó incluso en cantar una nana a la que fue musa de las mañanas de la cadena.

Incluso Rajoy se quitó la corbata para entablar una relación de colegueo en la casa de Bertín Osborne. Obviamente la temática debía estar relacionada con el deporte, pero el presidente se mostró suelto y coloquial, en un programa que nada tiene que ver con la política.


Pero, ¿por qué un candidato a la presidencia del Gobierno de España tiene que demostrar sus dotes a la guitarra? ¿O su buen hacer contando chistes? Atrás quedan aquellos políticos aburridos y encorbatados —a buen seguro que la sección de corbatas de El Corte Inglés se resiente—. Bienvenidos a la civilización del espectáculo. ¿Qué quiere decir civilización del espectáculo?, se pregunta Mario Vargas Llosa. “La de un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal”, nos responde. La banalización, la teatralización y la simpleza abundan en la nueva cultura que lidera la televisión, pero también los periódicos y el cine, y con ella la política se ve arrastrada por la dictadura del entretenimiento.

“Así como en el pasado los políticos en campaña querían fotografiarse y aparecer del brazo de eminentes científicos y dramaturgos, hoy buscan la adhesión y el patrocinio de los cantantes de rock y de los actores de cine, así como de estrellas del fútbol y otros deportes”, reflexiona Vargas Llosa. Lo vimos con Esperanza Aguirre, que no dudaba en fotografiarse y enfundarse la elástica de todos los equipos que ganaban, no importa qué, en Madrid. Es la llegada del infotainment a la política, el politainment. Ahora, la puesta en escena se hace en los medios, especialmente en la televisión. En la dificultad de hacerse creíble, la nueva política intenta divertir y entretener al espectador, caer en gracia al votante, en una estrategia de marketing elaborada por los spin doctors y el storyteller. El público ya no es un ciudadano, es un consumidor. Debemos convencerle de que nuestro producto es el mejor y por ello, debemos entretenerlo y acercarnos a donde está: a los shows de televisión.

Quede claro que todavía no estamos ni tan siquiera valorando si esto es positivo o negativo. Simplemente es un hecho. La política pop requiere de líderes enormemente carismáticos y, si puede ser, guapos, que enamoren y entretengan. Y en el medio de todo ello, Rajoy, que intenta salir del atolladero como puede.

El arte de contar una historia en la política pop

¿Cuántas veces hemos oído durante este año las manidas frases de “es que no nos hemos sabido explicar”, “no comunicamos bien” o “no nos entienden”?. Entonces, el storytelling bajó de entre los cielos y se hizo presente en los despachos de comunicación de las principales formaciones políticas.

A grandes rasgos, el storytelling consiste en contar una historia. Simple pero no sencillo. A través de los sentimientos, de la metáfora, de acercarnos a nuestro interlocutor por el medio de relatos comprensibles y cercanos le haremos comprender nuestro punto de vista y, lo que es más, le haremos sentirse identificado con nuestro proyecto.

En la industria capitalista, la gente no compra un producto ni una marca. La gente compra un sentimiento. Una emoción. Un sentido de pertenencia. Lo saben bien las principales multinacionales. Ahora los políticos lo adoptan a sus discursos. Pero surgen dos problemas: 1) generamos una sociedad menos deliberativa que se deja llevar por las emociones y 2) corremos el riesgo de sonar artificiales si contamos historias que no concuerdan con nuestro relato vital.

Éxitos y fracasos del storytelling en España

“Yo quiero que la niña que nace en España tenga una familia y una vivienda y unos padres con trabajo”. El storytelling llegó a España en prime time con la “niña de Rajoy”, uno de los éxitos de aquellos debates electorales del 2008.  La idea, que importó de Latinoamérica Antonio Solá, no cuajó en España debido a la falta de carisma del candidato y al frame del momento, lo que llevó más a una ridiculización que a una identificación emocional.

Fue Pablo Iglesias quien más y mejor usó las técnicas del storytelling en España. Hasta el telespectador menos perspicaz puede constatar como el líder de Podemos comienza cada intervención con una historia. Casualmente siempre conoce a alguien en la situación que quiere explicar. Siempre existe una metáfora que descifre la complejidad de la alta economía y de sus propuestas electorales.

Por su parte, Rajoy ha vuelto a intentar eso de contar historias y… bueno, que confunde el contar historias con el escaquearse de las preguntas. Las risas todavía se escuchan hoy en Twitter cuando a cada pregunta de los ciudadanos en el programa La Sexta Noche, el presidente del Gobierno… ya saben el resultado, “lloviendo mucho”.

También lo intentó Sánchez: primero tuvo a Juana, una alicantina que limpia aulas en un colegio privado. Al menos esa era la Juana del 21 de septiembre. Más tarde resultó ser de Canarias y trabajar en un hotel. Luego volvió a trabajar en un colegio, para más tarde, en otro mitin, cambiar de nuevo de trabajo. Las cosas de la movilidad laboral. Tras Juana, Sánchez se volvió a liar contando historias, y conoció a Valeria:

Si comenzábamos hablando de storytelling con la niña de Rajoy terminamos con otra niña, la hija de Rivera. En su escalada hacia el electorado conservador en España, el líder de Ciudadanos tira del argumento de Rajoy para una España mejor para su hija y le escribe una carta en su nuevo spot electoral. La niña de… Rivera.

¿Todo ello acerca o aleja de la política a los votantes? ¿Es positiva la transmutación hacia el espectáculo? Nye (Teoría del malestar mediático o videomalaise) considera que esta nueva política tiene un impacto negativo en el compromiso político y Patterson argumenta que la cobertura mediática es cada vez más negativa y focalizada en el conflicto. Sin embargo, otros investigadores como Norris o García Luengo hablan del círculo virtuoso por el cual el que más confía en los políticos y el que más participa es el que más se expone a los medios. Estaríamos por tanto ante un efecto positivo del politainment.

Per se no parece negativo que los políticos acudan a programas de entretenimiento. Lo negativo es que SOLO acudan a este tipo de espacios televisivos. Están en su derecho de mostrar su lado personal, pero queremos conocer cómo nos gobernarán y cuáles son sus propuestas a problemas concretos, no solo si saben encestar en una canasta. Eso sí, la política pasa, hoy más que nunca, obligatoriamente por los medios y, para ello, la imagen del candidato, y el marketing político en términos generales, juegan un papel fundamental.

Ángel Vila

Ángel Vila

Vigo (España). Graduado en Periodismo por la USC. Máster en Comunicación Política (UCM). Investigador de opinión pública y efectos de los medios de comunicación en la política. Ha trabajado en Faro de Vigo como redactor y editor multimedia. Ver el perfil de Ángel Vila Lago en LinkedIn
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