Los colores de la independencia en Catalunya

IMG_0585IMG_0559

La independencia de Catalunya. Ese gran tema de debate. Se puede estar a favor o en contra, siempre mejor si es con argumentos, pero está claro que la población que está a favor tiene aguante, ganas y ánimo. Sobre todo aguante. Cuatro años van ya de manifestaciones masivas en la jornada de la Diada de Catalunya, y la del otro día no fue excepción. Cuatro años en que los balcones han pasado de mostrar muchísimas ‘senyeras’ a sustituirlas por ‘esteladas’. Fue todavía más especial debido a que fue el pistoletazo de salida a la campaña electoral de unas elecciones catalanas del 27-S que, se quiera o no admitir, sí son plebiscitarias. Basta escuchar a Xavier Garcia Albiol llamando a un frente del ‘no’ para entender que, aunque digan que no, hasta en el PP se las ha tomado como tal. Lo que más me sorprendió de la manifestación del pasado día 11 fue ver esa capacidad de movilización, casi de otras épocas.

Tenía que presenciar la última muestra de fuerza del movimiento, así que cogí un autobús público desde calle Valencia hasta la Meridiana, unos 15 minutos de recorrido. Tras pasar de largo uno por ir completamente lleno, pude subirme al segundo. Había que entrar por las puertas de en medio y trasera. Sin pagar, claro. El conductor no estaba dispuesto a colas para controlar que se hiciese todo correctamente, aunque en parte le entendí. Así a ojo, debía haber ahí dentro unas 150 personas. Una burrada. Casi se produce un incidente por el agobio dentro del bus, con un niño de por medio —¡fractura entre los independentistas! Que diría algún ‘naranjito’ o unionista—. Por desgracia para éstos, fue una excepción. El carácter alegre de la movilización en todo momento la legitima, la muestra como totalmente pacífica ante el mundo —y lo es, doy fe—. Hoy en día esto es muy importante, en un tiempo donde no cabe en el imaginario colectivo la violencia. Las ‘revoluciones naranjas’ las llaman. Otra cosa es cómo suelan acabar éstas. Ejemplos hay, para todos los gustos y opiniones, ahí no me meteré.

IMG_0555IMG_0556

Hizo mal Junts pel Sí en intentar apropiarse del acto. Primero, por la avenida. La Meridiana no les pega demasiado a ninguno de los dos partidos de la candidatura —¡aquello es territorio incluso de castellanoparlantes!—. Y segundo, porque puede ser hasta contraproducente intentar adueñarse de algo tan diverso, con tantos tipos de personas como pueden tener los tonos de los colores. Se dieron cuenta y borraron ese tweet, cosa normal tras el aluvión virtual que recibieron.

Si una cosa quedó clara, es que la gente de la ANC de marketing político sabe un rato. Esta vez nada de ‘esteladas’ gigantes. Cada sector de la Vía Lliure ajuntaba gente con flechas del mismo color, cada una con un significado. Como es habitual en estos tiempos que corren en la política, la clave está en aunar aquellos conceptos ampliamente aceptados bajo un gran objetivo o causa común. La camiseta de la ANC era casi un poema en su parte trasera: democracia, sostenibilidad, justicia social, innovación, diversidad, igualdad, solidaridad, cultura, educación y equilibrio territorial. El paraíso terrenal, vaya. No creo que ni ellos se crean la mitad de la camiseta, pero todo sea por crear ilusión, que de eso se trata normalmente. Pregunté a un chico de unos 25 años que venía desde Lleida en un autobús fletado por la ANC —Assemblea Nacional Catalana— por la cantidad que había tenido que pagar para ir hasta Barcelona. Nada más y nada menos que 20 euros. ¿Se imaginan a gente pagando para ir desde Albacete en bus hasta Madrid cuando fue el 15-M? A mí se me hace difícil. Muchos catalanes han llegado a un punto sentimental de no retorno, ya no se pueden volver a sentir como antes de iniciarse el ‘procés‘. Ya no valen rebajas, hay mucha gente que ya no se bajará del burro después de estos años tan intensos, de guerra dialéctica y no tan dialéctica.

IMG_0550IMG_0551

Otra de las claves: la familia. Ese núcleo tan sumamente importante y base de la sociedad también lo es de estas expresiones políticas. La Vía Lliure estaba plagada de niños que acompañaban a sus padres, envueltos en banderas de las cuales quizás no saben ni el menor significado. Todo es emocional, lo racional se pasa por alto. Personalmente no me gusta, pero lo veo coherente. Se trata de empezar a formar los cimientos de las siguientes generaciones, aunque se le esté dando argumentos a los de las teorías del adoctrinamiento, con los que tampoco estoy de acuerdo. Pude ver a unos cuantos jugando con el móvil o la tablet —eso sí, con fundas de la ‘estelada’, a ver si vamos a perder de vista el envoltorio— con caras de aburrimiento, y es que se hizo larga la cosa. Casi dos horas de espera para prepararlo todo antes de que pasase la flechita por en medio del sector. Todo muy bien montado. Muchas personas con el ‘pinganillo’ esperaban órdenes para levantar las flechas, con una coordinación increíble, casi militar. La diversidad en las edades también indicaba lo histórico del movimiento. Aunque predominaban los jóvenes y adultos de mediana edad, el número de personas mayores era bastante significativo, aunque siempre se dice que son los minoritarios en este tipo de eventos por razones obvias: a éstos ya es difícil hacerles volver a creer, han sido muchos años, muchas decepciones. Ahora vuelven a animar a los más jóvenes, y algunos incluso a llevar la voz cantante.

Tampoco faltaron los ‘castellers’ como muestra de una cultura popular propia y muy arraigada. Otra expresión de transversalidad, pues participan personas de todas las edades en estas construcciones humanas. La metáfora quedaba que ni pintada: los más mayores y fuertes aguantan todo el peso y el más joven ‘toca el cielo’ con la mano. Más de un abuelo hoy en día debe seguir sin creerse lo que se está viviendo en Catalunya, quizás porque nunca había visto tan cerca la posibilidad de independencia, mientras que los más jóvenes se lo toman como algo normal, no ven rarezas en estas reclamaciones. La otra cara de la moneda, también cultural: la imagen de un ‘chico de gimnasio’ sin camiseta en un balcón, bajo una ‘estelada’, moviendo de lado a lado sus pectorales. Fue una de las anécdotas graciosas, muy ‘made in Mujeres, hombres y viceversa’, que puso en escena la parte cultural que a menudo se asigna directamente al ‘españolismo’ desde los catalanes de bien, pero que está también muy presente en Catalunya, y más en la Meridiana. Es difícil encontrarla en los barrios altos, lo reconozco. Pero más abajo todo cabe dentro del independentismo, incluso aquellos que miran Telecinco antes que TV3 o que hablan castellano habitualmente. Por cierto, comprobé que, incluso en medio de tal aglomeración de gente, nadie me dijo o hizo nada por hablar en la lengua de ‘las Españas’. Un apunte para aquellos que ven bullying a los castellanoparlantes en todos los rincones de Catalunya.

IMG_0567IMG_0571

Los ‘pájaros’, de Mossos y nacionales, vigilaban en todo momento la manifestación. Hubo más pitos contra los segundos, es verdad, pero lejos de molestarse, saludaban alegremente como quien se ha liberado del miedo y sabe que nadie puede parar su marcha. Catalunya se mostró al mundo entero el pasado 11 de septiembre como un pueblo movilizado, con al menos la mitad de su población unida por una causa común —aunque con muchos matices—, pacífico y alegre en sus reivindicaciones. El mayor error ante estos actos es hablar de una dicotomía o verlo todo blanco o negro. Desde el resto de España se equivocan quienes piensan en una movilización de nacionalistas o gente a la que Artur Mas le ha ‘comido’ la cabeza. También se equivocan quienes desde Catalunya piensan que en el resto del país nadie entiende el ‘procés’ o está en contra sistemáticamente. Hace falta viajar, conocer gente, dialogar. Mucha falta. Escuché una frase de una señora que me hizo reír pero que, creo, es significativa de una parte del independentismo, aunque reducida visto lo visto el otro día. Un señor le preguntó —en catalán— a su mujer qué estaba haciendo —no sé exactamente qué fue lo que motivó la pregunta—, a lo que ella contestó, también en catalán: “El borrego, como todos los españoles”. Me gustaría que esa señora pudiera tener un debate político con muchos españoles que conozco. Por favor, no caigamos en este juego, porque siempre lleva a equívoco. Este debate necesita matices, colores. Sólo con ellos se puede llegar a volver a ‘seducir’ y bajar el tono de la discusión. De lo de volver a enamorarse ya veremos, que eso ya es más complicado.

Al acabar todo, follón. Las calles cercanas se colapsaron y mucha gente optó por quedarse en alguna terraza y tomarse algo. Yo me alejé y me dirigí hacia Plaça Universitat para beberme una cerveza con unos amigos de allí. Catalanes todos, pero de diversas partes. Unos catalanoparlantes, otros no. De la ciudad y de la periferia. Unos independentistas —de muchos tipos—, otros no, y otros simplemente cansados del debate. Pedí un tercio, y uno me dijo: “¿Cómo que un tercio? Eso es una mediana, de toda la vida. Cómo te está afectando lo de vivir en Madrid”. Sentados allí estábamos un buen cuadro de la Catalunya actual, debatiendo entre la broma y la seriedad, pero con una sonrisa, sin crispaciones. Vivan la diversidad y la alegría. Qué bonita patria son…

IMG_0579IMG_0561

 

IMG_0587IMG_0582

 

IMG_0554IMG_0558

Rodrigo de Miguel
Sígueme en:

Rodrigo de Miguel

Palma de Mallorca (I. Balears, España). Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Máster en Estudios Avanzados en Comunicación Política por la Universidad Complutense de Madrid. He realizado prácticas en los informativos de Televisión Española (delegación Catalunya) y actualmente en la sección local del diario Última Hora (Mallorca).
Rodrigo de Miguel
Sígueme en: