OPINIÓN | El mundo no termina en Donald Trump

Es un hecho. Donald Trump se ha convertido en el presidente electo de la primera potencia mundial. Todo el mundo habla de ello. Del nuevo «Amo del mundo». Como si, de la noche a la mañana (hora española), todo el sistema sobre el que se cimienta nuestra sociedad hubiese caído. Y no.

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Datos provisionales | Fuente: Real Clear Politics

Esta mañana, antes de entrar a trabajar, asistí a una de esas improvisadas conferencias sobre geopolítica que se dan en los vestuarios de la piscina municipal. Tras una larga discusión sobre sistemas electorales y acción política, un señor que rondaba la edad de jubilación sentenció el simposio con un convincente «Ya lo dije yo ayer. Las elecciones las carga el diablo». A mi me ganó.

Minutos más tarde, ya en el coche y tras confirmarse la victoria de Trump, escuché atónito como una de las tertulianas del programa de Pepa Bueno en la Cadena Ser, sentada a la mesa sin duda por su dominio de la ciencia política, juntaba las siguientes palabras en una suerte de análisis ventajista: «Es increíble que los americanos se hayan dejado engañar por Donald Trump». Esa especie de «Los que votan al PP son unos burros» a la americana. Me convenció bastante menos que el amigo jubilado. Y es que, mal que le pese al mundo, a este excéntrico magnate del espectáculo y los mass media le han votado nada más y nada menos que 59 millones de personas (la población de Italia). Y sinceramente, me inclino más a creer que la mayoría de esta gente decidió libremente votar por Trump conforme a unas ideas determinadas, y no que simplemente fueron “engañados” por ser “ignorantes, racistas y estúpidos”. Y ahí es donde quiero llegar con mi reflexión: ¿Tanto ha cambiado el país en cuatro años? La respuesta es también no.

«Trump ganó en Florida, donde el 22,5 % de la población es hispana»

Si repasamos los resultados, observamos que los clivajes contemporáneos del electorado norteamericano se repiten: Los demócratas ganan la costa Oeste y la Nordeste, con una clarísima ventaja en el voto urbano; y los republicanos ganan en el rural, en las amplias extensiones de producción agrícola, Texas y el Bible Belt (Cinturón de la Biblia) de mayorías conservadoras. Además, recuperan el control del carismático y decisivo Granero de Norteamérica (excepto el Estado de Illinois). Y esto no sólo tiene que ver con variables culturales. Tiene que ver con la economía global, con la política de inmigración y armas, con el patriotismo y la política exterior, con la microeconomía, con las relaciones laborales, con la visión del mundo contemporáneo, etcétera. Trump no ha ganado porque sus votantes “son estúpidos”. Trump ha ganado porque le han votado tanto agricultores desencantados con la política agraria, como trabajadores industriales, lumpenproletariado y también esas familias tradicionales estadounidenses amantes de la Segunda Enmienda. Empresarios, católicos, mormones… ¡Trump ganó en Florida, donde el 22,5 % de la población es hispana! Es para analizar en profundidad.

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Fuente | Pew research center para la BBC

No se trata (únicamente) de estupidez. Se trata, en gran medida, de tres cuestiones fundamentales: Demandas, medios de comunicación y una campaña rival con fisuras:

    • Por un lado, Trump ha conseguido con sus promesas romper la frontera dicotómica entre las demandas agregadas del norteamericano medio y las acciones políticas: “¿Quieres armas?, tendrás armas. ¿No quieres inmigración?, tendrás un muro. ¿Quieres el sueño americano?, yo soy el sueño americano… en la América decente las mujeres no abortan y los hombres trabajan duro para llegar a casa y tener un plato sobre la mesa. Hagamos Norteamérica grande de nuevo”. 
    • Por otra parte, es evidente que, como en todos los procesos en los que la opinión pública tiene voz, los medios de comunicación juegan un papel crucial y decisivo. La familia Clinton tiene una gran influencia en los lobbys pero… ¿De quién son los medios de comunicación? Durante las primarias, Trump consiguió 2.400 millones de dólares en publicidad gratuita en medios de comunicación. Hillary Clinton, unos 748 millones.
    • Y obviamente, no todo el mérito es de Donald Trump. También ha influido el hecho de que su rival represente un sector del partido demócrata que muchos electores ven como lo más conservador del stablishment. Hillary Clinton pasó de ser la “la esposa de Norteamérica”, fiel soporte de su pobre marido durante el escarnio público por el escándalo Lewinsky, a la abanderada de la lucha feminista internacional del siglo XXI, además de la (posible) primera mujer presidenta de los Estados Unidos. Pero la imagen no lo es todo. El hecho de ser mujer no te convierte ni en bandera, ni en presidenta. Es como si mañana María Dolores de Cospedal se convirtiese en presidenta del Gobierno. No creo que el feminismo lo celebrase. La trama de los mails Wikileaks, su política intervencionista en Oriente Medio, los problemas con el terrorismo intramuros  y su vinculación con los lobbys han generado en la campaña de Hillary una serie de contradicciones que Trump, dentro de su discurso machista y retrógrado, ha sabido aprovechar para recoger votos. Frases como “Hillary Clinton es la cofundadora de ISIS” son buen ejemplo de una estrategia orientada hacia un electorado que reclama dureza en las políticas antiterroristas y que culpa al Gobierno de Barack Obama de haber estado financiando a la oposición siria.

«Continuarán los problemas derivados no de un líder, o de un partido, sino de un sistema enfermo que lleva mucho tiempo perpetuándose»

En resumen: ¿Es el fin del mundo? ¿Se ha ahogado la esperanza en la orilla? ¿Se espera la llegada de Mefistófeles para los próximos días? A pesar de la histeria colectiva generada tanto en redes sociales a golpe de “dislikes”, “posts”, “tweets” y “conversaciones de jubilados”, como en las columnas del diario El País (a saber “El populismo toma el ala oeste”, “Un loco a cargo del manicomio” y mi favorito “El fin de un sueño”), no lo creo por una razón fundamental: Llegamos tarde al fin del mundo. ¿Que papel juega Estados Unidos en las crisis de Siria, Yemen, Irak, África? ¿Acaso la política exterior de Estados Unidos no es intervencionista? ¿No existe un bloqueo a Cuba?, y lo mas importante: ¿Alguien piensa que el hecho de que Hillary Clinton llegase a la Presidencia de los Estados Unidos iba a cambiar algo? No. Continuarían las intervenciones en asuntos de países soberanos, continuaría el TTIP, continuarían la segregación racial y la discriminación hacia las mujeres…, así como todos los problemas derivados no de un líder, o de un partido, sino de un sistema enfermo que lleva mucho tiempo perpetuándose y que, de la misma forma que Donald Trump no puede cambiar (por lo menos para mejor), Clinton tampoco podría.

En esto de la política, a los jóvenes suelen deslegitimarnos diciendo aquello de «No lo entiendes. Aún no habías nacido. Eres demasiado joven. Ya aprenderás con el paso de los años» y mi favorita: «Cuantos más años, mayor madurez». Personalmente, y al contrario de lo que nos venden habitualmente los tertulianos que se hacen llamar constitucionalistas en los medios españoles, el sistema presidencialista estadounidense no es tan estupendo como parece. ¿De qué les sirve la falacia ad antiquitatem: “Es la Democracia más antigua del mundo”? De poco ahora que el mismo al que llevan meses llamando lunático ha sido refrendado como presidente electo de EEUU y su partido ha mantenido el control sobre el Senado y la Cámara de Representantes.

Ahora los sabiondos de este país que siempre han mirado con envidia hacia el otro lado del charco, anhelando una pizca de la cultura política de los norteamericanos para las gentes de su tierra, se lo pensarán dos veces antes de hablar de Estados Unidos como ejemplo y adalid de nada. Porque si algo saco en claro de estas elecciones es que la democracia no es ni buena ni mala. Es democracia.

 

 

Sergio Casal
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Sergio Casal

Asesor en Comunicación Institucional at Diputación de A Coruña
Oleiros (España). Periodista (USC), especializado en Estudios Avanzados de Comunicación Política (UCM). Actualmente, asesor de Comunicación en Diputación de A Coruña y estudiante de Ciencia Política y de la Administración (UNED). Escríbeme a sergio.casalf@gmail.com
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