Municipalismo: ¿la mejor vía para realizar la nueva política?

El 12 de abril de 1931, unas elecciones municipales hicieron abandonar el Palacio Real a Alfonso XIII, dando comienzo a la II República.

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Imagen: anticapitalistes.net

Mientras los partidos monárquicos triunfaron en las zonas rurales, las fuerzas contrarias al Rey -candidaturas formadas por republicanos y socialistas- se impusieron en los grandes núcleos urbanos. En Madrid, los concejales republicanos triplicaron a los monárquicos; en Barcelona, incluso los cuadriplicaron. Aquellos comicios vinieron precedidos de multitud de manifestaciones contra el régimen que venía gestándose desde la primera restauración borbónica, acusado de centralista, caciquil, corrupto y autoritario. Fueron unas elecciones que supusieron un cambio político y la transición hacia una nueva etapa muy diferente, por eso se dice que tuvieron un carácter constituyente.

Si pensamos en aquello de “la historia siempre se repite”, parece que las últimas elecciones municipales del 24 de mayo guardan cierto paralelismo con aquellas de abril del 31. La única diferencia es que ahora no se ha acabado con la Monarquía, pero sí parece haberse roto el “régimen del bipartidismo” en pos de un nuevo escenario, también de cambio político, que ha supuesto la llegada al poder de nuevas fuerzas políticas. Sin duda, nos encontramos ante un nuevo cambio político, que puede ser también de carácter constituyente. Entre estas dos elecciones que he mencionado existen muchos puntos en común, pero me voy a centrar en uno: el peso del municipalismo y de las candidaturas o listas de confluencia.

El movimiento vecinal y el tejido asociativo local son rasgos característicos de España, sobre todo en los ámbitos urbanos a partir del siglo XX. El Pacto de San Sebastián de 1930, firmado entre fuerzas políticas muy diferentes, significó una alianza para acabar con la Restauración borbónica y llegar a un horizonte común: la República. El municipalismo fue una de las grandes preocupaciones del posterior régimen franquista, y también de la etapa democrática. Basta con ver cómo la Constitución del 78, si bien recoge algunas formas de democracia participativa y directa, no hace mención alguna al poder de decisión y/o actuación de las asociaciones de vecinos. Otro dato curioso para reflexionar: en el ciclo de elecciones de 1979, el primero tras la dictadura, las municipales fueron las últimas en ser convocadas, después de las autonómicas y las generales. Muchos autores piensan que esto fue así para dejarlo “todo bien atado”. Aun así, el voto de carácter rupturista respecto al franquismo fue muy elevado.

Hoy en día, vemos como los partidos que han estado trabajando en esta línea municipalista, desde abajo y contando con una gran participación del ciudadano a pie de calle, son los que están teniendo un pujante éxito. Parece que el modelo que triunfa  actualmente, además de las candidaturas de confluencia como Ahora Madrid o Barcelona en Comú, es el de formaciones como Compromís en Valencia, las CUP en Catalunya o las Mareas en Galicia. Partidos que han apostado por construir alternativa desde abajo, desde las bases, con pequeños actos que han ido en aumento a medida que arrastraban simpatías. No les ha hecho falta “vaciarse de ideología” o desplazarse al “centro”. La clave de estas formaciones ha sido apostar, en unos tiempos en los que la política se ve como algo lejano y fuera del alcance del ciudadano, por la cercanía física y la apertura real hacia la participación colectiva. Por otra parte, se han articulado en torno a grandes objetivos comunes más que por ideologías marcadas, y de momento parecen haber esquivado la atomización social.

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                                              David Fernández (CUP) y Mónica Oltra (Compromís). | Fotos: wikipedia

Pablo Soto, de Ahora Madrid, en un acto el pasado viernes sobre Ahora en Común -la última idea en forjarse de cara a las generales-, dio cuatro claves del éxito de la formación liderada por Manuela Carmena, una de las fuerzas municipalistas con mayor éxito electoral y valoración ciudadana: La primera: la marca no debe ir por delante. El protagonismo de la confluencia requiere de un trabajo discreto, generoso e integrador; La segunda: el proyecto/programa debe ser resultado de un debate público, horizontal y no limitado a expertos. Es decir, la política no puede ser sólo para profesionales y tecnócratas; La tercera: la elección de los representantes en primarias a partir de criterios de pluralidad y representatividad, con el fin de implicar a todos los actores; Y la cuarta y última, evidente en los tiempos pasionales y acelerados que corren: el entusiasmo. Por tanto, el debate se abre entre unión de izquierdas, de organizaciones o simples listas o alianzas ciudadanas.

En cualquier caso, el escritor Manuel Ayllón afirmaba, en un artículo de 1997 sobre el libro de Pascual Maragall ‘¿Qué era?, ¿qué es? Los ayuntamientos’, lo siguiente: “El municipalismo es una escuela de democracia. Es el escalón fundamental de las prácticas políticas de participación y de representación democrática. Es una parte sustancial de la tradición política española. Sin el municipalismo es difícil comprender la construcción moderna del Estado”. En ese libro, Maragall destaca cómo en los años noventa los ayuntamientos se habían reducido a lo burocrático y aumentado su gasto, en gran parte debido a los más y mejores servicios que prestaban respecto a los años 70 o en el franquismo. Pero además, planteaba “la necesidad de replantear algunos aspectos de las políticas municipales”, sobre todo en temas de participación ciudadana en la toma de decisiones.

No dejamos de ver cómo crecen ateneos, espacios culturales, centros sociales y de ocio. Desde ahí se arma el tejido asociativo político y las alternativas de gestión y participación en asuntos políticos. Lo cercano y concreto de las acciones que se realizan son clave para que la gente tome parte de la política municipal como algo realmente propio. Siguiendo con el libro, en él Maragall habla incluso de “la Europa de las ciudades” como proceso de construcción del proyecto europeo. Ayllón, en su artículo sobre dicha obra, añade que “el fenómeno de globalización de la vida urbana exige de una administración política cercana y descentralizada”. Una reflexión que parece acertada si se atiende a las demandas actuales de la población. Pi i Margall, el “único socialista de España” para Marx antes de la época de la República –de la que fue presidente-, decía ya en los años veinte que el municipio era el espacio que ofrecía “la acción libre de todos elementos de progreso que existen en el reino, la mayor posibilidad en la aplicación de teorías o sistema nuevos, una mayor rapidez en la marcha colectiva”.

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Pi i Margall (centro), en una caricatura de la I República publicada en La Flaca (1873). | Imagen: Wikipedia

Uno de los argumentos en contra del municipalismo ha sido el de que suele acabar en candidaturas “raras” que no tienen la capacidad de gobernar, diluyéndose en pequeñas acciones irrelevantes que sólo salían adelante en poblaciones muy pequeñas. Sin embargo, la realidad es muy diferente, y son los partidos con representación parlamentaria los más interesados en desarrollar candidaturas municipales. Gemma Usabart, una de las máximas responsables de Podemos en Catalunya –y persona de confianza de Pablo Iglesias-  realizó un estudio sobre municipalismo alternativo y popular para la Universidad Autónoma de Madrid, una muestra que lo refuta. Según el estudio, en los últimos 30 años el 79,5% de las candidaturas de partidos parlamentarios han obtenido representación en instituciones ( en total 12.764), por sólo un 19,5 de candidaturas extrañas (2.167).

Ubasart añade que la Ley de Elecciones Locales de 1978 tenía como objetivo principal consagrar a los partidos políticos como protagonistas principales del proceso político local/municipal, con un sistema electoral “en todo paralelo al vigente para las elecciones generales”. Era la forma de asegurar el poder del bipartidismo en todos los ámbitos. Un proceso que denomina como “nacionalización de la política local” no sólo por sus actores, sino también por agendas, temáticas, dinámicas, etc., todas enfocadas hacia las elecciones legislativas.  Y así ha sido hasta hace relativamente poco. No son pocas las voces que dicen que el 24 de mayo se volvió a votar en clave nacional. Sin embargo, los resultados de candidaturas municipalistas hacen difícil refutar esta teoría. Por otra parte, también está la postura de quien piensa que la gente está empezando a votar por aquellos que defienden su territorio por encima de los intereses ‘nacionales’.

La crisis actual ha alejado mucho a las instituciones de los ciudadanos, a la vez que desgastado en gran medida al bipartidismo. Esta brecha parece haber sido bien entendida por los partidos municipalistas, que han ofrecido justo lo contrario: cercanía, pluralidad, participación. El reto vendrá a partir de ahora: ¿Serán capaces de gestionar grandes ciudades –donde han triunfado- con unas políticas de este carácter? ¿O, por el contrario, les acabará alejando también de la ciudadanía una gestión necesitada de unos aparatos burocráticos mucho mayores? De momento, los votos les han dado la confianza, pero la partida no ha hecho más que empezar. El último debate se ha abierto con Ahora en Común, surgida a raíz de la crítica de Podemos y que pretende unas primarias de circunscripción provincial para la lista de noviembre. ¿Qué modelo se acabará imponiendo en la “nueva política”? Veremos qué pasa de aquí a las generales, pero parece que aún quedan fichas por mover.

Rodrigo de Miguel
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Rodrigo de Miguel

Palma de Mallorca (I. Balears, España). Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Máster en Estudios Avanzados en Comunicación Política por la Universidad Complutense de Madrid. He realizado prácticas en los informativos de Televisión Española (delegación Catalunya) y actualmente en la sección local del diario Última Hora (Mallorca).
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