Podemos, el mito del centro y el viaje a ninguna parte

A nadie se le escapa que la situación que vivimos está marcada por una volatilidad y una aceleración de los tiempos que no tiene precedentes. En muy pocos meses se han sucedido una serie de acontecimientos a una velocidad vertiginosa, que han alterado para siempre el panorama político en España.

 

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Fuente: Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR)

En enero del año pasado Podemos no existía.

En enero de este año, hace solo veinte semanas, Podemos era la primera fuerza política según las encuestas y se hallaba en la cresta de una ola de euforia colectiva que parecía no tener otro destino posible que una victoria épica en las elecciones generales. Existía incluso la sensación de que toda maniobra que intentaban los adversarios para frenarlo no producía otro efecto que el de alimentar aún más a un monstruo que iba ganando terreno día tras día, acechando para asaltar el poder a la primera oportunidad. De hecho, algunos dijeron entonces que solo era cuestión de tiempo, que solo había que esperar.

Hoy, Podemos ya no está de moda. Desde el invierno ha venido retrocediendo progresivamente en las encuestas, pasando de un 28,2% en enero a un 21,5% en junio, según la estimación de voto elaborada por Metroscopia. Unos niveles de apoyo jamás soñados por un partido con un año de vida, pero que, al igual que sucedió con los resultados de las andaluzas, suponen un pinchazo para una cierta ‘burbuja’ de entusiasmo que se había generado desde su estruendosa irrupción en el panorama político. Tras las elecciones autonómicas y municipales, incluso han surgido voces (no todas honestas –especialmente las de quienes hasta ayer por la tarde vetaban la confluencia sin siglas– pero sí algunas) que, basándose en el hecho de que ciertas Candidaturas de Unidad Popular obtuvieron mejores resultados que Podemos en algunas de las principales ciudades, interpretan que la ‘marca Podemos’ ya no sirve; es más, que se ha convertido en un obstáculo para el cambio político.

Evidentemente, este retroceso de los apoyos de Podemos obedece a múltiples factores de naturaleza distinta. Algunos de ellos son propios del contexto social y cultural y de la coyuntura, por lo que se encuentran fuera del control de los actores. Otros tienen que ver con los méritos del adversario –el otro también juega–, y por último, hay algunos que son el resultado de los propios errores de Podemos.

De los primeros se podría hablar largo y tendido. El estado de crisis total, la obsolescencia de todas las mercancías, la sociedad del espectáculo y la política mediatizada, todo ello bien agitado y mezclado con incertidumbre y una buena dosis de miedo, ha producido una esquizofrenia política en la que los estados de ánimo tienen la misma firmeza que una veleta. Todo cambia muy deprisa, porque todo envejece y caduca muy deprisa, y Podemos ya no es ‘el nuevo’, ya no es el último en llegar.

Por otro lado están los aciertos del adversario: nunca hay que perder de vista en el diagnóstico el enorme efecto de la difamación mediática, el knockout a Monedero, las campañas del miedo, la Operación Ciudadanos, etc.

Pero yo me quiero centrar en lo que toca a los propios errores de Podemos, ya no a desaciertos de comunicación más o menos puntuales, sino a un elemento que constituye desde mi punto de vista una equivocación fundamental, un error estratégico de comunicación que considero ha pesado mucho en este proceso regresivo de los apoyos del nuevo partido.

Es obvio que la necesidad de conquistar al electorado ‘de centro’ se le impuso a Podemos desde el principio como una obligación ineludible –una obligación para cualquier partido que aspire a disputar el poder, pero más aún para uno que procede del extremo izquierdo del tablero–. Pero el error consistió en considerar que para llevar a cabo la imprescindible tarea de ganarse el apoyo de los votantes ‘de centro’, lo que había que hacer era suavizar el lenguaje y moderar las propuestas.

Decía George Lakoff, célebre lingüista y analista político norteamericano, que lo que conocemos como ‘centro’ político no existe. Que es una ficción estadística. Que de la misma manera que no existe ninguna familia que tenga 2,3 hijos, no existe ningún ciudadano que piense ‘lo que piensa la media’.

El mito del centro, ese espacio en el que efectivamente se autoubican la mayoría de los ciudadanos, es el resultado de adjudicar al hecho de que los ciudadanos tiendan a posicionarse en los puntos centrales de la ‘escala’ ideológica un valor que no tiene. Sabemos que autoubicarse en dichas posiciones centrales significa en cierto modo “soy de clase media”. O que significa “soy prudente, razonable, moderado, sensato y equilibrado” (valores connotados positivamente, frente al ‘extremismo’). O que es una postura que está en la línea –predominante– de la antiideología, del rechazo del conflicto y de una visión pospolítica de la realidad social. Es un error pensar que existen ideas de izquierdas, ideas de derechas, e ideas ‘de centro’. Existe, siguiendo a Lakoff, un núcleo duro de ciudadanos de derechas, un núcleo duro de ciudadanos de izquierdas, y una gran mayoría de ciudadanos biconceptuales, esto es, que albergan ideas de ambas tradiciones políticas, tanto ideas reaccionarias como ideas revolucionarias. Existe la ideología liberal, comunista o feminista. Pero la ‘moderación’ no es una ideología.

La manera de conquistar a esa mayoría del electorado no pasa por esgrimir unas supuestas –e inexistentes– ideas de centro, ideas ‘moderadas’, sino que, al contrario, pasa por conectar decididamente con las ideas fuertes de cambio que están presentes en las mentes de todos esos electores, ideas que especialmente desde el 15 de mayo de 2011 se ganaron un hueco en el sentido común. El viaje al centro es un viaje a ninguna parte.

Lo que impulsó a Podemos desde el inicio, más allá de su capacidad para apelar a votantes clásicos de izquierda, fue su habilidad para ilusionar a una gran parte de votantes desafectos o resignados del PSOE, por un lado, y para movilizar a sectores tradicionalmente abstencionistas, por otro. Es un error considerar que lo que permitió a Podemos movilizar insólitamente a los abstencionistas pudo ser algo de naturaleza muy distinta de lo que le permitió conectar con los votantes socialistas desencantados. En ambos casos, la simpatía que generó tuvo causas similares: la brutal sacudida de complejos y la inyección de ilusión que inoculó en el panorama político, por medio de un discurso desenfadado, rompedor de tabúes, agresivo y radical. Lo que hizo triunfar a Pablo Iglesias, tanto entre unos como entre otros, fue ese discurso valiente, encendido y auténtico. Sus ‘verdades como puños’. Su radicalidad. Cuando empezó a hablar más bajito, a suavizar el lenguaje, a moderar las propuestas y a ser más ‘prudente’, comenzó a decaer.

“Los votantes socialistas de corazón saben que en estas elecciones votar socialista es votar morado”. Ha sido un mantra que se ha repetido una y otra vez en todos los mítines de la campaña para las autonómicas. A los votantes resignados del PSOE no se los atrae resignando el discurso. Todo lo contrario. Se los atrae –se los atrajo– con un discurso marcadamente popular, antielitista y rupturista como el que blandió Podemos en sus inicios, muy conectado a los movimientos sociales y al estado de ánimo que produjo el 15M.

De hecho, parece que el primero en darse cuenta de que suavizar sus propuestas dañaba a Podemos fue el propio poder. Durante meses, uno de los principales elementos de la campaña contra Podemos consistió en acusarlo de estar moderando las propuestas. “Antes decían a los 60, y ahora a los 65”. “Antes decían ‘impago’ y ahora dicen ‘reestructuración’”. “Cuando lleguen al poder, todo eso que dicen, no lo van a hacer”. La principal estrategia consistía en buscar la excusa para poder decir: “¿Veis? ¡Si son como nosotros!”. Los adversarios fueron los primeros en entender que la sensación de que Podemos se estaba ‘moderando’ iba en su propia contra, porque transmitía deshonestidad, lo alejaba de sus bases y lo desconectaba tanto de la ilusión generada entre los abstencionistas como de la generada entre el electorado del PSOE.

No es cierto que no puedan producirse consensos amplios en torno a medidas concretas, más allá de un cierto estado de ánimo. Hace tan solo cuatro años, las demandas que planteaba el 15M, algunas de las cuales en ningún caso consideraríamos ‘moderadas’, cosechaban un apoyo social en torno al 80%. La estrategia de buscar consensos amplios evitando defender políticas ‘fuertes’, ocultando las posturas específicas y apostando por políticas ‘blandas’ es un error que además traiciona y resta valor a la propia hipótesis de partida de Podemos: la preexistencia de esa mayoría social nueva, conformada sobre ciertos consensos fuertes que el 15M logró colocar sobre la mesa, de la que Podemos sería el correlato político.

 

 

Fuente: Metroscopia (sondeos del 1 y 22 de junio de 2011 acerca de la opinión de la ciudadanía sobre el movimiento 15-M)

 

También hay datos que revelan que la estrategia de tratar de conquistar el ‘centro’ mediante la moderación del discurso es un fracaso. Cuanto más ha intentado Podemos acercarse al centro de esta manera, más lo han ido ubicando los electores en la extrema izquierda. En el Barómetro del CIS de octubre de 2014 los ciudadanos ubicaban de media a Podemos en el 2,43 (sobre una escala 1-10, en la que 1 es lo más a la izquierda y 10 lo más a la derecha), y el 23,8% lo ubicaba en el 1 –donde se encuentra su moda–. En enero de 2015, tres meses después, tras una insistente estrategia de moderación por parte de Podemos, ¿donde lo ubicaban los ciudadanos? Nada menos que en el 2,28 de media, más a la izquierda que antes, habiendo además esta vez ya un 27,4% de los encuestados que lo ubican en el 1. Como se ve, esta estrategia no sirve para ganar el ‘centro'; más bien sirve para perderlo.

Por otro lado, el momento de máxima intención directa de voto a Podemos, enero de 2015 (19,3% de IDV), coincide precisamente con el momento en que el electorado ubica a Podemos más a la izquierda (2,28 de media). El hecho de que un partido al que el electorado ubica inequívocamente en la extrema izquierda sea el primero en intención de voto, cuando la media ideológica de la población está en torno a 4,40, puede parecer paradójico. Pero no lo es, si reparamos en que el PP, un partido al que los ciudadanos ubican de media en el 8,24 y que también tiene la moda en el extremo de la escala –pero esta vez en el 10, con un 23,6%–, gobierna España con mayoría absoluta. Una prueba más de que los votantes ‘de centro’ sí se movilizan hacia posiciones políticas fuertes.

Rescatando a Lakoff por última vez, podemos decir que la derecha no triunfó acercándose al centro (esto es, a la izquierda), no triunfó entibiando sus valores; triunfó activando con vehemencia las ideas conservadoras presentes en la mayoría del electorado. Si Podemos quiere retomarle el pulso al poder, debe recuperar aquel lenguaje ‘duro pero con tono humilde’ –sustituyéndolo por el absurdo ‘blando pero con tono arrogante’–, insistir en su proyecto político con honestidad y abandonar la disputa de un ‘centro’ que sencillamente no existe a nivel ideológico, y que no moviliza votos, y menos aún a su favor.

Manuel Levin

Manuel Levin

Lincenciado en Filología Hispánica y Máster de Estudios Avanzados en Comunicación
política por la UCM. Lingüista especializado en análisis de discurso político. Experiencia
en elaboración de campañas, argumentarios, portavocías y comunicación estratégica para
movimientos sociales. Contáctame en manulevin@gmail.com
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