Propaganda, Revolución y desapego joven en Cuba

Escribo este artículo tras haber viajado a Cuba recientemente, y pido perdón de antemano si mi humilde interpretación como extranjero se alejase mucho de la realidad. Como periodista me parece uno de los destinos más interesantes a conocer. Cuba es ese país latinoamericano donde, en vez de consejos publicitarios, vallas y paredes contienen propaganda y consignas políticas, así como referencias a los héroes de la Revolución. El tiempo se paró en la Guerra Fría si hablamos pensando en comunicación política, como es el caso. En pleno 2017 la propaganda en Cuba y sus calles sigue siendo de un carácter muy directo. Algo inconcebible fuera de campaña en las democracias liberales y occidentales es plenamente normal ahí. Pero nadie se queda mirando, como si se tratase de pintadas simplonas en las paredes. Al preguntar, normalmente los más jóvenes contestan la típica frase: “eso es cosa de la política”; otros, más implicados y con más años a la espalda, los ven -aunque tampoco se paren a mirar con entusiasmo- como recordatorios necesarios para la población de hechos pasados que han marcado la vida en el país. Hechos, por otra parte, ciertos y documentados.

Propaganda en Cuba
Mural a la entrada de un comité del PCC en La Habana. Foto: Rodrigo de Miguel

Creer sin ver necesita de fé

En la Cuba actual las diferencias entre jóvenes y adultos de mediana y avanzada edad son muy grandes. Los tatuajes del Che en pieles ya viejas y la clásica música cubana de los locales para turistas contrastan con las gorras y camisetas yanquis que lucen los más jóvenes por las calles al ritmo de reggaeton y rap. Mientras que los más mayores han vivido una dura época de conflictos que recuerdan bien, la generación llamada a ser el futuro de la isla sólo ha crecido con la imagen que los turistas les transmiten del exterior. Una imagen, en menor o mayor medida, siempre distorsionada: los que allí ven disfrutando de unas vacaciones no son el reflejo de sus países de origen. Es la ‘otra propaganda’. Ante un mundo exterior que ven avanzar tan rápidamente, una gran parte de estos jóvenes han dejado de relacionar las enormes dificultades de su día a día con el bloqueo o el intervencionismo norteamericano, al que muchos, salvo los más implicados políticamente, ven ya sólo como una excusa. En una de sus reflexiones recogidas en el libro Obama y el imperio, a fecha de abril de 2009, Fidel Castro aseguraba: “No necesitamos inventar enemigos; no tememos al debate de ideas; creemos en nuestras convicciones y con ellas hemos sabido defender y seguiremos defendiendo nuestra Patria”. Estas palabras sirven para introducir dos temas centrales en este artículo: la necesidad de una seducción diferente de cara a los jóvenes por parte de la Revolución, y si esa manera de seducir puede albergar un verdadero debate de ideas sin que ello suponga el fin de la vía cubana al socialismo. Estos dos debates son internos. Evidentemente, los cambios en Cuba, por lo que significa en el tablero político y sus condiciones especiales, no dependen sólo de ella y no son fáciles por los efectos tremendos que pueden suponer, pero eso engloba otros debates. Aquí nos centraremos en la comunicación, su relación con la política y en cómo afecta entre las diferentes generaciones. Sobre todo en la más joven, que como en muchos otros lugares del mundo a día de hoy, padece de la epidémica ‘desafección política’.

La propaganda se hace explícita en Cuba
La propaganda se hace explícita en Cuba. Foto: R. M.

EEUU y los conceptos propagandísticos cubanos

Pese al estilo, de un siglo XX que parece ya tan lejano, la propaganda cubana no está destinada a generar odio contra ningún colectivo ni está basada en miedos infundados, como sí ocurría en la clásica propaganda nazi o anticomunista. Al contrario, se suele reclamar paz, justicia, educación y otros valores positivos, como muestran las imágenes. Pero, como documenta extensamente Alfons González Quesada en su libro Mi tío no se llama Sam, la vertebración nacional del país, realmente soberano hace menos de 70 años, ha necesitado dedicar un espacio importante a los episodios de su historia reciente y a la representación de su enemigo, casi siempre en clave defensiva. La Revolución significó pues, una especie de vuelta a empezar como país. La Patria es la Revolución, y a la inversa. Los ideales e imaginario de ésta han ido desarrollándose en contraposición a los asignados al gobierno estadounidense -no a su pueblo, como se recuerda constantemente desde Cuba-. Y la propaganda así lo refleja. La crítica más feroz y beligerante se ha dedicado, desde los inicios revolucionarios en 1959 hasta hoy, a los métodos y conflictos empleados por la superpotencia para ejercer su hegemonía. Este último concepto es precisamente el que más se contrapone a otro central en Cuba: la soberanía. En el libro de Quesada se plasma de forma clara cómo se utilizan en la gráfica cubana constantemente los términos ‘invasor’, ‘mercenario’, ‘terrorismo’, ‘imperialismo’ o ‘genocidio’ para referirse a las políticas exteriores de EEUU. No son términos exclusivos de Cuba ni inventados allí. Son denuncias lanzadas desde las sociedades de una multitud de países -en su mayoría pobres o en vías de desarrollo- durante años, incluso desde territorio norteamericano. Como tampoco se usan igual contra cada presidente que se sienta en el despacho oval de la Casa Blanca. En Obama y el imperio, Fidel distingue de forma serena las responsabilidades de Obama -al que dice profesar admiración, respeto e incluso cierta simpatía- de las dinámicas imperialistas que para el líder revolucionario conlleva su condición de presidente de esa superpotencia desde que saliese como gran vencedora de la Segunda Guerra Mundial. Prueba de ello es que no haya podido cumplir su promesa de cerrar la base de Guantánamo, retirar el bloqueo, evitar guerras o reducir -sino superar- el presupuesto en defensa de su antecesor Bush de 450 mil millones de dólares, lo cual es significativo en un Premio Nobel de la Paz. Como escribía el periodista James Straub en un artículo de 2005, el ejército estadounidense “es un instrumento que abarca guerra, diplomacia, política social y humanitarismo. Sólo depende de qué uso se haga de él”.

Caricaturas de Batista, Reagan, Bush padre y su hijo, en el Museo de la Revolución
Caricaturas de Batista, Reagan, Bush padre y su hijo, en el Museo de la Revolución. Foto: R. M.
Mural pidiendo el fin de los conflictos, en Santa Clara
Mural pidiendo el fin de los conflictos, en Santa Clara. Foto: Rafael Sirvent
Mural en Santa Clara
Otro mural en Santa Clara. Foto: R. S.
Cartel en La Habana
Cartel que mezcla valores positivos con los héroes de la Revolución. Foto: R. S.

La seducción exterior y la modernidad frente a las respuestas clásicas

El politólogo estadounidense Joseph Nye distingue dos tipos de poder: ‘duro’ y ‘blando’. El primero se basa en la coerción por medios económicos y militares; el segundo, en la seducción a través de lo cultural, de las instituciones, de valores que hagan que otros países quieran seguir al que lo ejerce. EEUU utilizó el primero en el siglo XX en Cuba en episodios y acciones como las de Playa Girón, Le Coubre o el bloqueo, con resultados desastrosos. Hoy combina ambos. La forma de influir ha cambiado mucho desde que en 1983 el gobierno de Ronald Reagan crease la Fundación Nacional para la Democracia (NED en sus siglas en inglés). Esta organización, administrada de forma privada está, según el New York Times, sostenida con 30 millones de dólares anuales provenientes de fondos asignados por el Congreso, destinados a partidos, movimientos y medios de comunicación disidentes. El mismo medio aseguró que sus actuaciones públicas son las que antes llevaba a cabo en secreto la CIA. Un ejemplo es el cuarto de millón de dólares que la NED entre 1990 y 1992 a la Fundación Nacional Cubano-Americana, un grupo anticastrista de cubanos en el exilio que intentó -sin éxito- establecer Televisión Martí como medio de difusión dentro y fuera de Cuba. Una guerra cultural que se ha mantenido hasta hoy, como denuncia en un artículo el historiador cubano Elier Ramírez. Ante ella, la forma de responder de Cuba ha seguido anclada en otra época. Pese a lo que pueda parecer, su propaganda tan directamente expresada en medios e innumerables murales y carteles no afecta en absoluto sobre la población más allá de los convencidos de siempre. Basta con hablar con personas de diferentes edades. A los mayores, que lo han vivido todo, ni siquiera les hacen falta mensajes. Defienden su Revolución ante todo -aunque puedan criticar muchos aspectos en su desarrollo-. A los jóvenes, que no han vivido nada, tampoco les llama. Más bien les parecen un conjunto de excusas por lo increíbles que son de creer las antiguas -y algunas vigentes- maniobras sobre Cuba a día de hoy. La apertura turística, a Internet y los videoclips musicales modernos o partidos de fútbol son otras vías indirectas, pero mucho más poderosas y económicas de propaganda por parte de los contrarios a que Cuba siga con su sistema actual. Un caramelo demasiado apetitoso para una sociedad cambiante y lógicamente curiosa, que anhela unas condiciones materiales y un crecimiento económico que parecen prevalecer sobre todo lo demás, como se extraía también de la última encuesta en la isla realizada por un grupo de la Universidad de Chicago.

Cartel contra el bloqueo, en La Habana
Cartel contra el bloqueo. Foto: R. S.
Otra expresión gráfica contra el bloqueo, en Camagüey
Otra expresión contra el bloqueo, en Camagüey. Foto: R. S.

Un rejuvenecimiento necesario, desde dentro

El resultado es una juventud altamente desmovilizada que sólo es la continuación de su generación anterior, la cual parece vivir ya sin pensar demasiado en objetivos colectivos como país. El día a día del cubano, como muchos afirman, se basa en sobrevivir, en ingeniárselas para seguir adelante, pero de manera individual. No en vano florecen los trabajos a cuenta propia -cobrando en dólares- para poder acercarse a las vidas que ven a través de las pantallas. No parecen surtir efecto ni las grandes frases motivadoras de Fidel o el Che. Es tarea compleja para la Revolución revertir estas dinámicas sin renunciar a sus principios políticos. Por ello quizás se incide tanto aún en temas como el bloqueo, que siguen latentes y con efectos iguales o más duros que hace años. Sin embargo, deberán encontrar la forma de volver a conectar a toda esa generación con la política. Despegarse de personalismos -no significa renunciar a ellos, toda sociedad los tiene-, la renovación de cuadros políticos, una participación más directa y efectiva de la población, vías más modernas de comunicación y la dinamización económica son, en mi opinión, objetivos insoslayables si se quiere disipar la sensación de que poco o nada avanza en la isla ya no por la acción externa, sino por la interna misma. Cuidado, no obstante, para los que piensan que la mayoría de cubanos quieren un cambio radical; pasar de este modelo de sociedad a otro diametralmente opuesto.

El futuro con Trump al frente de la Casa Blanca vuelve a plantear un escenario incierto

El consenso general de que la Revolución, con todos sus peros, trajo la dignidad a su país y lo hizo soberano se percibe perfectamente también entre los jóvenes. Como expresó Javier Couso (Izquierda Unida) en un debate sobre el futuro de Cuba, su sociedad avanza cuando le dejan y el debate político actual es rico, pero quien piense que se puede volver a indicarle el rumbo a tomar o “hacerle renunciar a su modelo social y nacional, forjado a través de una defensa numantina frente a una agresión constante” es que no entiende la realidad cubana, compleja como pocas. No obstante, si durante el mandato de Obama la confrontación diplomática se redujo hasta un punto histórico, el futuro con Trump al frente de la Casa Blanca vuelve a plantear un escenario incierto. Muchos confían en que, ante la posibilidad de hacer negocio, el magnate sea quien se atreva a quitar de una vez el embargo; otros creen que el anticastrismo sigue siendo, desde su fortín en Miami, demasiado importante electoralmente para los republicanos. En cualquier caso, no parece que la propaganda cubana, tal como se conoce hoy, tenga más futuro que el de restar en álbumes de fotos (de los turistas, claro).

Mural sobre el Che, en Baracoa
Mural sobre el Che, en Baracoa. Foto: R. S.
Fidel y Chávez
Las referencias a Chávez en la gráfica son habituales. Foto: R. S.
Un hombre pasea ante un mural sobre la Revolución
Un hombre pasea ante un mural sobre la Revolución. Foto: R. S.
Es habitual la relación entre Fidel, la Patria y el Pueblo en la propaganda
Es habitual la relación entre Fidel, Patria y Pueblo en la propaganda. Foto: R. S.

Referencias:

Mí tío no se llama Sam; González Quesada, A.; Casa Amèrica Catalunya; 2016.

Obama y el imperio; Castro, F.; Ocean Sur; 2011.

Soft Power: propaganda isn’t the way; Nye, J. & International Herald Tribune; The New York Times; 2003.

The new hard-soft power; Traub, J.; The New York Times; 2005.

Estados Unidos y la guerra cultural: ¿Acaso una elucubración?; Ramírez, E.; Cubadebate; 2016.

Los cubanos desean un crecimiento económico sólido, según un sondeo revelador; Ahmed, A.; The New York Times; 2017.

Y en eso llegó Fidel , pasado y presente de la Revolución Cubana; Fort Apache (Hispan TV); 2013.

Rodrigo de Miguel
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Rodrigo de Miguel

Palma de Mallorca (I. Balears, España). Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Máster en Estudios Avanzados en Comunicación Política por la Universidad Complutense de Madrid. He realizado prácticas en los informativos de Televisión Española (delegación Catalunya) y actualmente en la sección local del diario Última Hora (Mallorca).
Rodrigo de Miguel
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