¿Qué le pasa a la democracia?

La victoria de Donald Trump, el Brexit, el NO a la paz en Colombia, la derrota de Renzi en el referéndum italiano; acontecimientos del 2016 que han cogido por sorpresa a los ‘expertos’ y han llevado a muchos a preguntarse —cuando no a afirmar— si la gente vota mal, llegando a cuestionar el principio básico de la democracia.

Estamos viviendo una rebelión anti establishment. Entre los ciudadanos se ha extendido el sentimiento de que los políticos tradicionales les han fallado, de que viven en una burbuja al margen de sus problemas cotidianos. De ahí el rechazo a la Unión Europea en Gran Bretaña y el ascenso de outsiders como Marine Le Pen o Donald Trump (si hay alguien que personifica el “no nos representan” es Hillary Clinton).

La desafección política se manifiesta en las encuestas. El 56% de los europeos piensa que su voz no se tiene en cuenta y el 68% desearía que se promoviera más la democracia en la Unión Europea. En España, la satisfacción con el sistema democrático está por debajo del 5 —en una escala de 0 a 10—; además, ‘la corrupción’ y ‘los/as políticos/as en general, los partidos y la política’ están entre los problemas más importante para los ciudadanos.

Otro síntoma de pobreza democrática son los elevados niveles de abstencionismo. En el plebiscito del acuerdo de paz colombiano —calificado como histórico por sus protagonistas— la abstención fue del 62,57%. En las elecciones presidenciales de EE.UU. la participación ni siquiera llegó al 60%, y en España la abstención pasó del 30,33% el 20-D al 33,52% el 26-J. Incluso en una decisión tan trascendental como el referéndum del Brexit la participación no llegó al 75%.

Frente a los que alertan del peligro de preguntar a los ciudadanos, cabe preguntarse qué es lo que lleva a la población a tomar decisiones contrarias a lo políticamente correcto. A continuación enumeramos algunas de las  causas:

  • Los límites de la representación

Las democracias liberales contemporáneas se basan en la representación como principio de conjugación entre el derecho al sufragio universal y la toma de decisiones ejecutivas. El mecanismo es simple, ante los límites de implantación de la democracia directa, la gente elige a los representantes que mejor vayan a defender sus intereses en los parlamentos, otorgándoles legitimidad para tomar decisiones por un periodo de tiempo determinado.

Este procedimiento ha funcionado relativamente bien en muchos momentos, sin embargo, el distanciamiento entre los ciudadanos y la toma de decisiones es algo inherente a la representatividad, debido en parte al peligro —señalado por Robert Michels en su “ley de hierro de la oligarquía”— de transformación de los partidos políticos en instituciones burocratizadas en las que sus integrantes actúan guiándose más por su supervivencia en la organización que por las necesidades de los votantes. Esto, sin mecanismos efectivos de rendición de cuentas, ha dado lugar a la progresiva separación entre los representantes y sus representados, distorsionándose así la eficacia de la representación.

  • Falta de soberanía

“Hacía encuestas y perdíamos”. Así justificó Adolfo Suárez no haber convocado un referéndum tras la muerte de Franco para que los españoles decidieran entre monarquía y república. Pero esta situación no es un caso aislado ni mucho menos, la privación del derecho a decidir de los ciudadanos sobre los asuntos públicos, así como de los militantes en las decisiones de los partidos, es algo común en las democracias representativas, normalmente mediante el argumento elitista de que la población carece de la información y la capacidad de análisis que tienen los gobernantes.

Este déficit de soberanía se ha visto agravado con la globalización económica y el trasvase de la toma de decisiones desde los Estados-nación hasta las organizaciones supranacionales y los mercados internacionales. Esto ha generado una homogeneización de las propuestas políticas y una situación de impotencia ciudadana ante unas normas que le son impuestas y que no pueden cambiar. El mejor ejemplo de ello ha sido Grecia, donde la postura intransigente de la Unión Europea ha llevado al Gobierno de Alexis Tsipras a tener que aplicar un programa de recortes previamente rechazado por el pueblo en referéndum. ¿Se sorprenderán los analistas si el partido neonazi Amanecer Dorado sigue creciendo?

  • Falsas promesas

La falta de vinculación entre los programas electorales y las actuaciones de los cargos electos es uno de los principales males de la política de nuestro tiempo. Los ciudadanos están hartos de ver que los partidos políticos prometen una cosa en campaña electoral y después hacen todo lo contrario.

Un caso flagrante ha sido el de los últimos comicios en España, donde tanto Ciudadanos como PSOE, después de asegurar una y otra vez durante la campaña electoral que no permitirían un gobierno de Mariano Rajoy, decidieron —sin consulta alguna a su militancia— facilitar su investidura. Estas prácticas han generado un caldo de cultivo para la desconfianza hacia todo lo que tenga que ver con la política.

  • ¿Medios de comunicación?

A pesar de la visión casi unánime de los medios en contra de Trump y a favor del acuerdo de paz en Colombia, los estadounidenses y los colombianos votaron lo contrario de lo que se les recomendaba. Y es que la clase política no es el único objeto del descontento. Otra institución puesta en cuestión últimamente por la ciudadanía son los mass media, cuya relación con las élites políticas les ha llevado en ocasiones a prestar más atención a sus disputas que a los problemas de la gente.

Además, la creciente dependencia mediática del poder financiero/empresarial que posee gran parte de su accionariado y la propagación de nuevos canales de información a través de internet han minado la credibilidad y la capacidad de influencia de los medios. Esto es algo verdaderamente grave, pues la existencia de unos medios de comunicación libres e independientes del poder político y económico es uno de los pilares fundamentales  para el desarrollo de una ciudadanía crítica y una democracia de calidad.

¿Qué se puede hacer?

Los problemas de la democracia no se van a resolver prohibiendo los referéndums ni dejando los gobiernos en manos de unos pocos tecnócratas como sostienen algunos; tampoco restringiendo derechos  ni levantando muros, como proponen algunos de los que se han beneficiado del desencanto hacia a la política.

«No se trata pues de limitar la democracia para protegerla de la gente»

El menosprecio a la gente es lo que ha creado el clima propicio para el ascenso de corrientes políticas xenófobas basadas en la identidad étnica y en la criminalización de los de fuera. No se trata pues de limitar la democracia para protegerla de la gente, sino de tomar medidas para abrir el sistema y que la ciudadanía se sienta partícipe del mismo:

  • Establecer mecanismos efectivos de rendición de cuentas que vayan más allá de una votación cada cuatro años. Instrumentos de control ciudadanos como revocatorios periódicos durante el transcurso de los mandatos pueden contribuir a involucrar a los ciudadanos con el sistema y a acabar con el abismo existente entre los representantes y sus representados.
  • Dejar de lado el paternalismo que trata a los ciudadanos como menores de edad incapaces de dilucidar cuestiones importantes. Para ello hay que aumentar las posibilidades de participación mediante mecanismos de democracia directa favorecidos por la implantación de las nuevas tecnologías. En este sentido se han de normalizar los referéndums como procedimientos normales de toma de decisiones colectivas, y no como un todo o nada para los gobernantes que los convocan.
  • Extender la democracia al ámbito social y económico. La igualdad de oportunidades no debe basarse únicamente en el derecho al sufragio cada cuatro años, más si cabe cuando esto solo se traduce en frustración ante la ineficacia del voto. Es lógico que los más desfavorecidos renieguen de un sistema que les da la espalda. Los gobernantes han de ser conscientes de que es responsabilidad del Estado asegurar a todos sus ciudadanos los niveles básicos de bienestar (vivienda, sanidad, educación, ingresos…) establecidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Estamos ante un año que puede ser decisivo para el futuro de la Unión Europea: con elecciones en países como Francia, Holanda o Alemania, donde partidos xenófobos optan a poner patas arriba las instituciones europeas. No existen recetas mágicas, pero parece claro que continuar con las mismas políticas no va a solucionar los problemas existentes.

Álvaro Justo

Álvaro Justo

Licenciado en Periodismo (URJC). Máster en Estudios Avanzados en Comunicación Política (UCM). Experiencia como corrector de estilo en prensa escrita y como redactor en medios online.
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