El secreto está en la masa

¿Miedo a hablar en público? El secreto está en la masa. Cuando se da un discurso en público es lógico sentirse nervioso, pero se ha de evitar que los nervios se conviertan en pánico e impidan situarse en el entorno.

 

Objetivo audiencia
Objetivo audiencia. Fuente: Garry Knight / Flickr

Para no perder los estribos, es necesario seguir una serie de pautas, entre ellas, la que trataremos en el presente artículo, la capacidad de escucha. La capacidad de escucha es esencial para establecer una comunicación eficaz entre orador y audiencia. Para empezar, ha de evitarse que la impresión de multitud ciegue el juicio del orador. Como dijo aquel: “Divide y vencerás”. El público, al fin y al cabo, es un conjunto de individuos.  Olvidemos a Ortega y Gasset, y Gustave Le Bon, por el momento. En la interacción con el auditorio físico, las masas, como el Ratoncito Pérez, no existen.

Probablemente, cada asistente habrá acudido a la cita por distintos motivos, la agrupación de individuos es, por tanto, relativamente espontánea y, sin embargo, el factor común a todos ellos es el conferenciante. De hecho, es recomendable tratar a la audiencia como un grupo de colegas, ello facilita la comunicación en términos retóricos y efectivos. Y hasta aquí la labor de pre-escucha.

Una vez perdido el vértigo, llega la hora de lanzarse. Para emitir un mensaje impactante, no solo es necesario medir el tono y la intensidad del discurso – de manera que se transmita firmeza y convicción – sino además tomar la temperatura a la audiencia. Quiénes son, cuáles son sus intereses, y cómo sus metas e intereses se superponen a los propios, son factores que determinan la fuerza y el tipo de argumentos para hacerse entender. Que no se tenga miedo de interpelarles sobre dichas cuestiones. Conoce al público para darle a conocer tu mensaje.

Precisamente, no hay nada más aburrido que un conferenciante monologuista. Seguramente, alguna vez habremos asistido a un congreso o una clase magistral en que el ponente no interactúa con el auditorio en ningún momento. Seguramente, a la media hora habrá perdido la atención de la mayoría del foro. Interactúa con el público, hazlo por ti, hazlo por ellos.

Escuchar para ser escuchado.
Escuchar para ser escuchado. Fuente: Daniela Vladimirova bit.ly/1JRrcbr

Ahora bien, es posible que un orador hable con gran celeridad, inconscientemente, con la intención de abordar la temática en un tiempo mínimo, y dé la impresión de no escucha. ¿Qué hacer en este caso? Paremos lo antes posible, relajémonos al terminar el argumento expuesto, y cedamos la palabra a nuestro interlocutor. Hagamos una breve pausa, interpelando al público sobre la cuestión en liza.

Por otro lado, la comunicación no da tregua. Aprovechemos la pausa para evaluar el feeling del público. Observemos, hagamos screening de la sala, establezcamos contacto ocular y tanteemos el interés general sobre nuestra exposición. De esta manera, no solo dirigimos nuestro mensaje mediante artificios retóricos sino también otorgando importancia visual a nuestro interlocutor. No hace falta fijar la mirada en cada uno de los asistentes. Esto puede resultar agobiante y hasta obsesivo. Simplemente, pasea la mirada e identifica a aquellos que realmente muestran (un mínimo de) interés.

Si bien observar y proyectar el discurso son acciones fundamentales, escuchar en público también implica tomar nota (mental y en vivo) de la opinión de los asistentes. De este modo, se pueden adaptar los argumentos a las necesidades o preferencias del auditorio sobre la marcha. Las interpelaciones espontáneas son la ocasión idónea para demostrar a la audiencia su rol fundamental en el curso de la exposición. Eso sí, las intervenciones se han de moderar. Terminemos el argumento de turno en el momento ASAP e indiquemos gestualmente que su demanda será atendida de inmediato.

Como puede apreciarse, la capacidad de escucha es un proceso recíproco, en el que la responsabilidad recae en gran medida en el conferenciante, motivo de reunión del foro. Sin embargo, la autoridad que éste pueda ejercer, no es óbice para que ceda su protagonismo al auditorio momentánea y reiteradamente. Precisamente, el objetivo principal del orador es proyectar un discurso centrado en la efectividad del mensaje, y no en sí mismo como individuo. Se ha de adecuar al público presente de modo que el mensaje sea lo mejor entendido posible. La humildad, la cercanía y la flexibilidad son virtudes del buen orador.

Improvisación
Improvisación. Fuente: Michael Coghlan bit.ly/1C6c6II

Por último, puesto que hablar en público requiere de capacidad de reacción instantánea, la improvisación (bien entendida) es una gran aliada. Se trata de manejar evidencias e internalizar la argumentación previamente a la puesta en escena del discurso. De esta manera, al surgir preguntas del auditorio, pueden ser resueltas con agilidad y retomarse el hilo de la exposición, e incluso intercalar argumentos según el rumbo marcado por el diálogo entre audiencia y conferenciante.

Asimismo, los diversos hitos interactivos han de irse anotando  en la cabeza para realizar un breve resumen al ocaso del discurso. Por supuesto, como hemos visto, el devenir de la exposición es improvisado sobre  la marcha. Por ello, las conclusiones literales no se traen de casa, sino la lógica. Los últimos minutos, pues, son definitivos. Son la prueba de fuego de que, efectivamente, el orador dedica atención a las demandas del público, le interpela y le recuerda.

En síntesis, tono, ritmo, interacción e improvisación son las claves para mantener activo al público y brindarle la oportunidad que merece. En pro de un mensaje exitoso, no se trata del orador, sino de la audiencia.

Óscar Rioja
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Óscar Rioja

Grado en Ciencias Políticas. Máster en Comunicación Política. Apasionado de mi trabajo.
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