Transparencia en la España de las tertulias

“Esto es Matrix. Y tienes que estar todo el día tomando pastillas rojas para no perder la noción de realidad”. Fue la respuesta que le dio, ahora hace algo más de un año, el exdiputado de la CUP David Fernández a Jordi Évole en una entrevista del programa Salvados al ser preguntado por la actividad parlamentaria de su grupo. Una respuesta significativa de alguien que venía de hacer política a pie de calle durante años. Pasar de la cruda realidad a la “ciencia-ficción”: situaciones dantescas, debates mediatizados… los plenos cada vez se parecen más a un plató de televisión, alejados de la imagen seria que se les presupone por su importancia en un sistema democrático avanzado. El debate sobre la transparencia de la política está a la orden del día, pero seguro que muchas personas se han hecho la siguiente pregunta: ¿cómo sería un pleno en un parlamento si no hubiese cámaras ni público? ¿Hablarían nuestros políticos de forma diferente o sobre otros asuntos? He aquí una pequeña reflexión propia para abrir debate:

La política ante y tras los medios

Lo que hoy se conoce como comunicación política alberga sus raíces en los espías que, a finales del siglo XVII, empezaron a infiltrarse en las cámaras de representantes o deliberantes políticos –obviamente no se pueden considerar a éstos como los actuales en términos democráticos-. Así nacieron las primeras gacetas con información política, basada en las filtraciones. Esto supuso el fin del secretismo imperante hasta ese momento desde la esfera política hacia la pública. Un secretismo justificado bajo el argumento de que permitía a los políticos exponer sus verdaderos argumentos y mantener debates reales. Aunque en 2016 esto pueda sonar poco democrático, cabe admitir que el argumento puede tener cierta validez si nos fijamos en lo condicionada que está la política a día de hoy por la dimensión mediática.

Las filtraciones de hace escasos días que revelaban acusaciones de Susana Díaz y otros barones contra Pedro Sánchez por sus intenciones de pactos avivaron todavía más la crisis interna de un PSOE cargado con la enorme responsabilidad de intentar formar gobierno en esta llamada ‘segunda transición’. Atención a esta frase del presidente extremeño Fernández Vara sobre el pacto con Podemos: “Que se manipule, que se organice el país, que se mueva internacionalmente, pero por favor no me traigas pobres ni me traigas desharrapados que no quiero saber nada de ellos”. Nadie se imagina que la pudiese decir en público, y menos siendo miembro del partido socialista. Pero parece que la política es otra de puertas para adentro. No obstante, lo que hace reflexionar es que se haya dicho que estas filtraciones coartan la “libertad de expresión” de los políticos. Entonces cabe preguntarse: ¿Cuán verdadera es la parte a la que se nos deja acceder?

manipulacion-mediatica-2El acento en la anécdota

Estamos viviendo una batalla mediático-política (con el mediático por delante, sí) de magnitudes a las que no estábamos acostumbrados en democracia, donde cada detalle se magnifica y recuerda casi más que una política económica o educativa. Hoy en día desgasta menos no cumplir promesas electorales que cometer un fallo grave de imagen o comunicación en un debate, tertulia televisiva o acto público. El dicho “vale más una imagen que mil palabras” se está mostrando del todo cierto en la política de hoy. Puede parecer algo exagerado, pero lo cambia todo en la forma de hacer política y le otorga importancia a lo superficial. La propuesta de Pablo Iglesias a Pedro Sánchez de una negociación retransmitida en abierto para la ciudadanía a la hora de pactar un posible gobierno fue recibida poco menos que como una locura en el PSOE. ¿Se imaginan el debate?

Hace unos días, a una radio catalana se le ocurrió hacer una broma de altos vuelos, haciéndose pasar por Carles Puigdemont, actual president de la Generalitat, para hablar con Mariano Rajoy. Incomprensiblemente, superaron los filtros de la secretaría del presidente del Gobierno y lograron hablar con él. Pues bien, el tono de Rajoy no fue ni de lejos hostil como se pudiese imaginar en un cara a cara candente en televisión. Más bien se parecía a una conversación entre compañeros, amistosa, con un lenguaje casi coloquial que intentaba romper el hielo sacando temas cotidianos. La respuesta de Rajoy al saber que se trataba de una broma: “Esto no es serio”. Se puede ir uno haciendo a la idea de que la política tras las cámaras y micrófonos puede ser más informal de lo que muchos se piensan, sin esos tintes de confrontación. Y entonces surge otra duda: ¿es el público el que exige beligerancia? ¿Nos gusta realmente ese formato de confrontación, de debates superfluos más allá de las ideas?

¿Medida o modelo?

La transparencia entendida como lo que se nos ofrece actualmente en España es algo joven, poco desarrollada por llegar casi sobrevenida. La Ley de Transparencia, parafraseando a la organización Transparencia Internacional, llegó “tarde y mal”, quedándose prácticamente en una web, sin dar la información suficiente y siendo poco entendible. Aunque sin duda se trata de un posible blindaje contra la corrupción, tiene problemas que habrá que desgranar a medida que se vaya implantando en nuestra política, como el riesgo a que se trate de una demanda temporal por parte de la ciudadanía o los problemas que puede conllevar la brecha generacional a la hora de fiscalizar esa transparencia. Existen diversas opiniones sobre su necesidad, y no siempre tienen que ver con la ideología. La división más habitual es entre la de aquellos cuya idea de la política es, por decirlo de algún modo, más maquiavélica frente a los que tienen una nueva visión quizás demasiado optimista respecto a la transparencia.

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Pero, ¿está la sociedad preparada para una política realmente transparente? ¿Puede existir de verdad la auténtica transparencia? Evidentemente, siempre se guardarán secretos en materia de seguridad por parte de ciertos organismos. Sin embargo, en el escenario actual, con una nueva sociedad de consumo de la información que está en proceso de consolidación, puede ser útil siempre y cuando se mantenga como base un alto interés en la política. El último barómetro del CIS demuestra que aún queda mucha gente dentro de lo que se llama “desafección”, y esto invita a reflexionar acerca de que quizás lo que hay que cambiar primero es la cultura política. Devolverla al lugar que le corresponde sin cometer errores que deben quedar en el pasado, y hacer un esfuerzo para que se entienda mejor. Este cambio, al parecer de un servidor, no depende de hacer visibles explícitamente sus movimientos, sino de hacer política de verdad e implicar a la ciudadanía. Una vez dentro de la propia política y de la toma de decisiones, quizás se entienda mejor que no es el circo vendido desde las pantallas, sino algo más complicado, hecho por personas normales y que empieza desde mucho más abajo.

Rodrigo de Miguel
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Rodrigo de Miguel

Palma de Mallorca (I. Balears, España). Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Máster en Estudios Avanzados en Comunicación Política por la Universidad Complutense de Madrid. He realizado prácticas en los informativos de Televisión Española (delegación Catalunya) y actualmente en la sección local del diario Última Hora (Mallorca).
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